El Centro del Mundo

A continuación traduzco un artículo de Mircea Tamas publicado en la revista digital Oriens, Volume V, Numbers 7-12, de noviembre de 2008.

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El Centro del Mundo

 Mircea A. Tamas

 Fuente: de la obra del autor: René Guénon et le Centre du Monde, Rose-Cross Books, 2007.

 

El centro del mundo o el centro supremo de la presente humanidad terrestre es llamado Paraíso Terrenal, Agarttha, Salem. Es el Templo de Paz (salem) y la Casa de Justicia (Beith-Din), ya que el centro supremo, como cualesquiera otros centros espirituales que son su imagen, podría describirse como un templo (el aspecto sacerdotal, correspondiendo a la Paz) y como palacio o tribunal (el aspecto real, correspondiendo a la Justicia).[1] Este Centro es una imagen del Centro Celeste, no como una imagen virtual formada por reflejo especular, sino teniendo completa realidad; además, un centro espiritual es la imagen terrestre y visible (para los sentidos humanos) del verdadero Centro del Mundo y aunque la orientación sagrada se haga hacia el centro espiritual, se hace simbólicamente hacia el Centro supremo.

No hay nada más importante, más fundamental, más esencial y más pleno para una doctrina sagrada que simbolizar el centro, dado que sin el Centro no hay nada. Como ha dicho Guénon, el Centro es el origen, la fuente de todo, tipificado por el centro de un círculo, y representando la imagen del Principio,[2] lo que explica por qué todas las tradiciones y los ritos genuinos se interesan tanto en el simbolismo del centro. Dios, a través de Su Palabra, se convierte en el Centro del Mundo.[3]

Meister Eckhart, en su sermón Ez was âbent des tages (Juan 20:19), menciona al patriarca Jacob, quien, “llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol” (Génesis 28:11). Jacob dijo – subraya Eckhart – “cierto lugar”, sin nombrarlo; este lugar es Dios, el Ser divino que da vida y lugar, ser y orden a todas las cosas. En este lugar, el alma descansa en el sitio más elevado y más oculto. Este lugar, como sugirió Meister Eckhart, es el Centro y es Dios al mismo tiempo.

El Centro del Mundo es el “lugar” del Principio y, en un sentido absoluto, no hay diferencia entre el Centro y el Principio. Por ejemplo, el Señor del Mundo, que es, en su significado más alto, un principio, idéntico al Manu de la tradición hindú, personificando la Inteligencia cósmica que refleja la Luz espiritual pura y formula la Ley para un mundo o un ciclo, opera y manifiesta su presencia a través del centro espiritual establecido en el mundo terrestre.[4] El Centro es el-maqâmul-ilâhi, la estación divina donde todos los opuestos se resuelven y se unifican, el “justo medio” de Platón, el chino Zhong Yong donde opera la Actividad del Cielo, el “Ombligo del Mundo”, el motor inmóvil de Aristóteles, y, en su significado último, es verdaderamente el Principio mismo, el antaryâmi hindú que produce el impulso inicial y luego gobierna y regula el mundo.

El Centro es el comienzo, el medio y el fin, siendo el medio un equivalente obvio del “centro” como declara la tradición extremo-oriental (Zhong Yong, “el invariable medio”), pero también describe el punto de equilibrio y armonía, de paz e inmovilidad, obtenidos sólo en el eje de la balanza – la “balanza de jade” que representa la constelación de la Ursa Major en la tradición china y que en sánscrito es llamada Tulâ.[5]

Es el “Eje de la Norma” (Dao Shu), protegiendo, como en un arca o cofre, los Tres Mundos (el ideograma qu) en el Axis Mundi (el ideograma mu).[6] Como eje, el Centro es el Polo, pero también la culminación, el punto final a donde retornan todos los seres; es el Alfa y el Omega. Nicolás de Cusa se expresó de la misma manera al hablar de Dios, que para él es idéntico al Centro; “Dios, siendo la maximidad absoluta, en cuanto es el autor y sabedor de todas sus obras, así como su fin, siendo todas las cosas en Él y nada fuera de Él, principio, medio y fin de todas, centro y circunferencia de los universos”[7]; y: “los polos de la esfera coinciden con el centro en cuanto que no es otro el centro que el polo, que es Dios bendito”.[8]

El Centro supremo, al igual que el Principio mismo, no tiene nombre, ni límites, elude toda definición y puede ser concebido sólo de manera simbólica, como un punto principial, sin forma ni dimensión, invisible – la imagen del Uno supremo,[9] punto que deviene el centro de un círculo o el centro de una cruz tridimensional, o el centro de una swastika – el signo del Polo, o el cubo de la rueda (la rueda de la vida, la rueda de la ley, la rueda del zodíaco), o el centro de una flor (loto, rosa, lirio, el sol dorado en el centro de la flor nomeolvides).

Desde una perspectiva microcósmica, el Paraíso Terrenal es el centro del estado humano, como punto generado por la intersección del Axis Mundi con el dominio de las posibilidades humanas, una imagen reflejada del Centro universal. Este punto, idéntico al Palacio Interior de la Cábala judía, luego de producir o realizar el espacio, se vuelve él mismo el centro de ese espacio, aunque permaneciendo “sin lugar”,[10] lo que señala Guénon para refutar la definición de espacio de Pascal, “una esfera con el centro en todas partes y la circunferencia en ninguna.”[11] Puesto que el punto central es esencialmente “sin lugar” (no tiene lugar en la manifestación) el punto principial está, de hecho, en ningún lado, y la circunferencia, o totalidad de los seres manifestados y producidos,[12] está en todos lados.[13]

Aquí Guénon se refiere al Centro absoluto, no a sus sustitutos; pero respecto a la manifestación, Nicolás de Cusa declara: “la máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno.”[14] Aplicando los principios metafísicos a nuestro mundo, el Cusano pone de relieve el error del geocentrismo y explica que la Tierra no es el centro del universo, que cada cuerpo celeste es, aparentemente, el centro del mundo para sus habitantes, y por tanto, el mundo manifestado tiene su centro en todas partes, ya que un universo que cambia continuamente no podría tener un centro fijo e inmóvil.[15] De la misma manera cualquier tradición secundaria genuina y ortodoxa, regularmente[16] derivada de la Tradición primordial, considera su centro espiritual como “el centro”.

El “punto oculto” – el Centro inmutable, el motor inmóvil (to prôton kinoun akinêton on), el eje – no pertenece a la manifestación universal, del mismo modo que el principio del universo está “más allá” del universo, y por lo tanto no manifestado. Los “modos” del punto principial son los únicos localizados en la manifestación, siendo estos “modos” los nudos terrestres, los “centros vitales” vibrando como reflejos de la vibración original.

Por otro lado, la circunferencia, como límite del Mundo, está en ningún lado, considerando cómo la manifestación universal, para nuestra mente humana, se extiende indefinidamente. Esta interpretación falla si se la pretende aplicar más allá de la perspectiva de prakriti,[17] pero Nicolás de Cusa, afortunadamente, no se detiene allí. El Cusano, de hecho, revitalizó un adagio hermético del siglo XII, que dice que Dios es un círculo con el centro en todos lados y la circunferencia en ninguno, y Pascal, resumiendo la fórmula cusana, dos siglos después, la condenó al nivel del mundo, lo que, obviamente, complace a la mentalidad moderna. Desde un punto de vista metafísico, como ya mencionamos, Guénon explica de qué manera debería ser reescrita la fórmula de acuerdo con la analogía inversa y basándose en el texto taoísta transmitido por Zhuang Zi [Chuang Tsé]: “El punto que es el Eje de la Norma (Dao Shu), es el centro inmóvil de una circunferencia en la que todas las contingencias, distinciones e individualidades rotan”[18]

Similarmente, un círculo podría simbolizar el sintagma bíblico “El Ser es el Ser” (Eheieh asher Eheieh)[19] en cuyo caso el punto central es el Logos y la circunferencia es el mundo manifestado y el locus geométrico de los “modos” del punto principial – los nudos mundanos. En tal representación, la ubicuidad de la circunferencia designa, obviamente, la Existencia universal (la circunferencia está en todos lados), que aparece como un reflejo mundano de la omnipresencia principial, del punto oculto, del Centro que no pertenece a la manifestación universal (el centro está en ningún lugar), o, en el lenguaje de Nicolás de Cusa, podríamos decir que Dios está en todos lados como explicación y en ninguno como complicación.

Anticipándose a su posible mala interpretación, el Cusano agrega una notable aclaración a la fórmula: “Por lo cual, la máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno, pues la circunferencia y el centro es Dios, que está en todas y en ninguna parte.”[20] Para ilustrar esta declaración fundamental, Nicolás de Cusa utiliza la teoría matemática de límites, presentando los dos “infinitos” (que Pascal luego tomó y tergiversó), y aplicando el concepto de movimiento – una característica básica del universo, puesto que sólo el Principio es el motor inmóvil – al diagrama geométrico mencionado arriba, marcando los límites o extremos: el movimiento mínimo es el centro inmóvil (lo “infinitamente pequeño”) y el movimiento máximo es la circunferencia (lo “infinitamente grande”), extremos que coinciden “en el infinito”, a saber, “más allá” de la manifestación universal, lo que revela a Dios – el Uno y único “localizado” en el infinito – como máximo y mínimo, centro y circunfrencia, ya que sólo en Dios coinciden ambos infinitos.

 

 


[1] Ver René Guénon, Le Roi du Monde, Gallimard, Paris, 1981, p. 26.

[2] René Guénon, Écrits pour Regnabit, Archè, Milano, 1999, pp.71-79.

[3] Guénon, Écrits, p. 103, René Guénon, Symboles fondamentaux de la Science sacrée, Gallimard, Paris, 1980, p. 110, René Guénon, Le symbolisme de la Croix, Guy Trédaniel / Véga, Paris, 1989, p. 33.

[4] Génon, Le Roi, p. 13. Fabre d’Olivet ya dijo que “Manu es la Inteligencia legislativa, la cual preside en la Tierra de un diluvio a otro”. (Histoire philosophique du genre humain, Éditions Traditionelles, Paris, 1991, p.238)

[5] Guénon, Le Roi, p. 83.

[6] León Wieger, Caractères chinois, Kuangchi Cultural Group, 2004, pp. 183, 276, 581.

[7] Nicolas de Cusa, De la docte Ignorance, Guy Trédaniel, Paris, 1979, p. 166. [trad. española, La docta ignorancia, Orbis, Buenos Aires, 1984, Lib. II cap. XIII, p. 139 N. del T.]

[8] Cusa, De la docte Ignorance, p.152 [Cusa, La docta ignorancia, p. 128]

[9] Guénon, Symboles fondamentaux, p. 84.

[10] Guénon, Écrits, pp. 173-9

[11] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 148. Esta definición es usada en el ritual del Holy Royal Arch of Jerusalem (véase W. L. Wilmshurst, The meaning of Masonry, Gramercy Books, New York, 1980, p. 74)

[12] Relacionamos el sustantivo ser [being] con el verbo ser [to be].

[13] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 151.

[14] Cusa, De la docte Ignorance, p. 155 [Cusa, La docta ignorancia, II cap. XIII, p. 130]

[15] “Es imposible que haya alguna [cosa en la] máquina mundana, ya sea la tierra sensible, o el aire o el fuego, o cualquier otra cosa, como centro fijo e inmóvil con relación a los varios movimientos de los orbes. Pues no se llega en el movimiento a un mínimo absoluto, tal como en un centro fijo (…) Y aunque este mundo no es infinito, sin embargo, no puede concebirse cono finito, por carecer de términos entre los que esté comprendido. (…) Y así como la tierra no es el centro del mundo, tampoco lo es la esfera de las estrellas fijas u otras cosas de su circunferencia.” (Cusa, De la docte Ignorance, pp. 150-151) [La docta ignorancia, II cap. XI, pp. 126-127]

[16] Es decir, que sigue las reglas o reglamentaciones sagradas.

[17] Véase nuestro trabajo About the Yi Jing, Rose-Cross Books, Toronto, 2006, p.96.

[18] León Wieger, Les pères du système taoïste, Les Belles Lettres, Paris, 1950, p.219. (Tchoang-tzeu, chap. 2, C)

[19] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 102, y relacionado con la declaración de Cusa, “Dios es” (De la docte Ignorance, p.148)

[20] Cusa, De la docte Ignorance, p. 155 [La docta ignorancia, p. 130]

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5 pensamientos en “El Centro del Mundo

  1. Querido Mahatma: ¡Excelente artículo! Muchas gracias por la traducción.
    Revisando y releyendo algunos textos de Borges me encontré con “La esfera de Pascal”, uno de los ensayos reunidos en “Otras inquisiciones”. Allí cuenta que, en el siglo XII, el teólogo francés Alain de Lille (Alanus de Insulis) descubre entre unos textos herméticos el adagio mencionado en el post: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.

    Casi al final, refiriéndose a Pascal, dice:

    “Éste aborrecía el universo y hubiera querido adorar a Dios, pero Dios, para él, era menos real que el aborrecido universo. Deploró que no hablara el firmamento, comparó nuestra vida con la de náufragos en una isla desierta. Sintió el peso incesante del mundo físico, sintió vértigo, miedo y soledad, y los puso en otras palabras: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” Así publica Brunschvicg el texto, pero la edición crítica de Tourneur (París, 1941), que reproduce las tachaduras y vacilaciones del manuscrito, revela que Pascal empezó a escribir effroyable: ‘Una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.’”

    Por cierto, me has dado motivos para volver a leer algunas páginas de “La docta ignorancia”.

    Un fuerte abrazo.

  2. Querido Mahatma,

    también agradezco la traducción: es un escrito muy interesante y una excelente recopilación de los temas tratados por Guénon en “El Rey del mundo”. El artículo, junto al comentario de Sahaquiel sobre Pascal, me ha llevado a pensar en dejar aquí esta reflexión: parece que no tenga que ver con el tema al principio, pero verás como sí.

    En las leyendas relativas a seres feéricos se habla de que su mundo es un lugar transformado por el “glamour”, cierto encantamiento que ilumina todo bajo una luz que sumerge al visitante en un lugar deslumbrante que puede llegar a atraparlo irremediablemente. Esta fascinación primera puede transformarse en algo inquietante, mórbido y terrible si el viajero olvida su condición de extranjero y la luz del espíritu, brújula que debe guiar las incursiones en sus reinos para poder llegar más allá.

    De alguna manera, podemos entender que el mundo sensible también puede llegar a ejercer esta vertiente oscura del deslumbramiento a través de un “glamour” capaz de paralizar las mentes más brillantes y transmitir una sensación de vértigo y de náusea; la de quien se intuye náufrago pero ni siquiera sabe concebir la patria de la que zarpó y a la que, por tanto, no cabe esperar reencontrar.
    Cuando se está alejado del centro, el movimiento, la impermanencia de todo lo que nos rodea es mayor, y este vértigo ante la multiplicidad, ante la riqueza de las formas del mundo, puede quererse domar sometiéndolo a una norma que le es ajena, encerrándolo es una ecuación o una hipótesis simplificadora en lugar de comprender la unidad en la diversidad que puede contemplarse en el centro, lugar desde donde todo se muestra “fundido, pero no confundido” (cito a Meister Eckhart de memoria, espero no equivocarme).

    Las palabras de Borges sobre Pascal -quien al parecer sintió profundamente esa náusea-, me recordó de inmediato algo que comenta Patrick Harpur en relación a Darwin en “El fuego secreto de los filósofos”. Dejo el fragmento aquí:

    “Cuando Charles Darwin se embarcó, a finales de 1832, en un viaje al Nuevo Mundo que iba a durar cinco años a bordo del Beagle, era un científico en ciernes que sostenía la visión racionalista de la naturaleza propia de la Ilustración, es decir, que ésta era un máquina, tan precisa como un reloj, que un Dios trascendente había puesto en movimiento dejando que siguiera su propio curso. Al mismo tiempo, no había olvidado en absoluto la reacción romántica, que veía a la naturaleza más poéticamente, a veces de manera panteísta, como un reino de la manifestación divina. Darwin era un hombre imaginativo amante de la poesía (“El Paraíso perdido” de Milton era su constante compañía), y su primer encuentro con la naturaleza tropical fue esencialmente romántico, similar a una epifanía. La “exuberancia salvaje” de la jungla, dice, es como “las glorias de otro mundo”; contemplarla es una visión nueva y arrolladora, “como dar ojos a un ciego” [...] (más tarde) se empieza a notar la disparidad entre su éxtasis inicial y su deber profesional. Su diario cambió de tono. La belleza constante empieza a “desconcentrar la mente”; el bombardeo de imágenes, el “caos de deleite”, se hace “fatigoso”; como un “sultán en el serrallo”, “se acostumbra a la belleza”. Peor aún, cada vez le da más vértigo, y finalmente es presa del pánico: “los animales me miran fijamente a la cara, sin etiquetas ni epitafios científicos”. Es un momento decisivo: el momento en que Darwin abandona el intento de abrazar a la naturaleza en su totalidad, con sus maravillas y su fecundidad; entonces, desde el temor al “caos”, empieza a armarse contra ella con clasificaciones y datos.
    Éste recordemos es el problema de la madre Naturaleza. No es la entidad fija que los científicos, que la ven a través de sus lentes literalistas, querrían hacernos creer. Es un mar de metáforas que nos devuelve reflejado el rostro que le mostramos. La describimos, según la perspectiva con que la observamos, como un enemigo implacable, por ejemplo, o un ritmo inmenso y armonioso.; como una criatura salvaje a la que debemos domesticar, una ninfa que debe ser respetada o un violento animal con garras y dientes ensangrentados. En la medida en que Darwin se acobarda ante una naturaleza desconcertante y la rechaza, en la misma medida ella se vuelve contra él, hostil y escalofriante. Hacia los cincuenta años, escribía sorprendentemente: “la visión de una pluma en la cola de un pavo real me pone enfermo cada vez que la miro”.

    Genial volver a ver actividad por aquí.

    Besos y abrazos!

  3. Aristóteles nos recuerda un precepto Délfico que dice así: “Conócete a ti mismo”; retomado por Mahoma en estas palabras: “Quien se conoce, conoce a su Señor”; en el curioso Evangelio gnóstico de tomás lo vemos así: “Conoceros y seréis conocidos”; creo que Maister Eckhart (aquí acepto correcciones puesto que la memoria suele engañarme) dijo algo así como “Nuestra mirada es la mirada por la que nos conoce Dios”, lo que me recuerda una frase del atormentado Leon Bloy: “Ahora veo en espejo. Pero pronto conoceré como ahora soy conocido” (‘el espejo de los enigmas’; Borges); sin olvidar que Platón dijo que el diálogo es la caza de la verdad; y que también se dijo: “Cuando dos o tres esten reunidos en mi nombre allí estaré yo en medio de ellos” (Jesús); y que también se ha dicho -como recalca el amigo Sahaquiel: “El universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” (frase atribuida a Platón recordada por Pascal; pero en definitiva: “Somos náufragos amnésicos en una isla desierta” (Pascal); o también: “Somos niños desterrados del jardín de la infancia intentando pronunciar la palabra Dios con las letras equivocadas” (Tenessee Williams).

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