Corazón y mente

Para no perder la costumbre de postear artículos que me parecen reflejan acertadamente la situación actual no sólo del mundo y la sociedad, sino también de cada uno de nosotros, copio a continuación la traducción de una nota aparecida en la revista ORIENS del 15 de abril de este año. (Agradezco a mi amiga y profesora Adriana C. su desinteresada ayuda en la traducción. Los aciertos son de ella, los errores, míos.)

Un gran corazón puede compensar una mente
pequeña, pero una gran mente jamás un corazón pequeño.

Mansoor Ahmad

La protección de que disponía la gente que vivía en las comunidades tradicionales donde lo espiritual aún no se había replegado en sí mismo, ahora no se encuentra disponible para nosotros, que vivimos en el secular mundo de hoy. Las estructuras de las sociedades contemporáneas carecen de la humedad de los manantiales espirituales que fluían abundantes en las sociedades y culturas tradicionales, ahora secos y meramente racionales. El conocimiento científico está totalmente desprovisto de cualquier pizca espiritual. El sentido de lo Eterno y la eternidad junto con el sentido de lo sagrado ha sido corroído casi completamente.

El arrollador enfoque racional ha afectado inclusive a la comprensión religiosa. La religión ha sido reducida por puros propósitos prácticos a una simple imagen de lo espiritual. El dulzor y los placeres de la vida vivida como un ritual, que eran los puntos culminantes de una vida espiritual, han sido reemplazados por las disciplinas y los ejercicios sin propósito de una tibia religiosidad sin objeto, dejando sentimientos residuales de fastidio y falta de alegría. La satisfacción de las dimensiones intelectuales (no racionales), que sólo es posible a través de la intuición de lo Real, encuentra poco aprecio en la comprensión religiosa.

Esta situación presenta grandes dificultades para muchas personas que tienen inclinación a vivir una auténtica vida espiritual. No encuentran otro indicio en la religión popular de la Verdad que la que le insinúa vagamente su, a veces no cultivada, intuición. Siendo educados y habiendo participado en una cultura groseramente material y racional, estos individuos incorporan a sus almas ciertos elementos ponzoñosos de su entorno, y falsos conceptos de su formación educativa, sufriendo así el dolor de un desgarramiento interno. No pueden ni comenzar ni abandonar la vida espiritual. La búsqueda de una vida auténtica los atormenta momento a momento. El ingreso de los elementos profanos y más oscuros en las almas ahoga la luz del Intelecto y dificulta el despliegue de todas sus operaciones. Estos individuos viven una vida casi esquizofrénica, mientras el anhelo de los placeres mundanos continúa atrayéndolos hacia la multiplicidad y la contingencia con las que nunca congeniarán, y en esta situación, su vida espiritual adquiere la importancia de un ensueño y una fantasía.

La lucha en ellos entre lo profano y lo Sagrado es perpetua e interminable. Mientras, todo el dulzor del mundo fracasa en su intento por saber mejor que el agua salada. No pueden disfrutar esta vida porque conocen un sabor superior. Los colores de la Realidad que no pueden ser distinguidos debido a la oscuridad de sus propias almas iluminan los ojos de la imaginación con el brillo del sol. ¿Cuál es, entonces, el remedio para tales individuos? ¿Cuál es la recompensa por ser el campo de batalla de lo Sagrado y lo profano? ¿Están pagando injustamente un alto precio por haber nacido en esta etapa del ciclo humano? ¿Están sufriendo debido a una vida previa de la que no tienen recuerdos concientes? ¿Es que no están calificados para una vida espiritual, a la que anhelan alcanzar? ¿Son simples individuos mundanos jactándose de ser seres espirituales? ¿Están destinados a fracasar en sus esfuerzos por entrar en el Paraíso del Alma?

La ascensión de Elías

En su libro simbólico (¿alquímico?) “Viaje a la Luna”, Cyrano de Bergerac cuenta cómo, luego de algunos intentos fallidos, y gracias a una máquina fabulosa (antecesora de nuestros modernos cohetes), llega al Paraíso Terrenal, ubicado según él en la Luna. Allí se encuentra con el Árbol de la Vida, y un jardín magnífico repleto de animales bellísimos.

Mientras camina por el Jardín, conoce a un joven de extraordinaria belleza, quien lo instruye acerca de la caída de Adán, y de cómo los patriarcas pudieron volver a elevarse al Paraíso. Entonces se presenta y le cuenta a Cyrano la siguiente experiencia:

“Ahora debo contar cómo llegué yo. No habrás olvidado, pienso, que me llamo Elías, porque ya te lo he dicho antes. Sabrás también que yo he estado en vuestro mundo y que vivía con Eliseo, un hebreo como yo, en las orillas del Jordán, donde llevaba entre los libros una vida bastante dulce para no extrañarla, aunque ya pasó. Sin embargo, cuanto más crecían las luces de mi espíritu, más crecía también el conocimiento de que no sabría nada jamás. Nuestros sacerdotes me recordaban al ilustre Adán sin que el recuerdo de su filosofía perfecta me hiciese suspirar. Desesperaba de poder adquirirla, cuando un día, luego de haber hecho un sacrificio para la expiación de las flaquezas de mi ser mortal, me adormecí y el ángel del Señor se me apareció en sueños. En cuanto me desperté, me puse de inmediato a trabajar en las cosas que él me ordenara hacer; tomé aproximadamente dos pies cuadrados de imán que metí en un horno, luego, cuando ya había sido bien purgado, precipitado y disuelto, extraje el atractivo trozo calcinado y lo reduje al tamaño aproximado de una bola mediana.

“Luego de estos preparativos, hice construir un carro de hierro bastante ligero y, varios meses después, cuando todas las máquinas estaban preparadas, entré en mi industriosa carreta. Posiblemente me preguntes para qué servían todos estos pertrechos. Debes saber que el ángel me había dicho en sueños que si quería adquirir una ciencia perfecta, tal como yo la deseaba, debía subir al mundo de la Luna, en donde encontraría, dentro del paraíso de Adán, el árbol de la ciencia. En cuanto hubiese probado su fruto mi alma se iluminaría con todas las verdades que una criatura humana es capaz de lograr. Ese es el viaje para el que había construido mi carro. Al final me subí y en cuanto estuve bien firme y bien instalado en el asiento lancé muy alto en el aire esa bola de imán. Entonces, la máquina de hierro que yo había hecho más maciza en el medio que en los bordes, se elevó de inmediato y en perfecto equilibrio, ya que se elevaba cada vez más rápidamente desde el centro. Así pues, a medida que llegaba hasta donde el imán me había atraído, volvía a lanzar la bola al aire por encima de mí.”

-Pero -interrumpí- ¿cómo hacíais para lanzar la bola tan rectamente por encima del carro, que no se encontraba nunca de lado?

-No veo ninguna maravilla en esta aventura -me dijo-, ya que una vez lanzado el imán al aire atraía el hierro hacia sí y en consecuencia era imposible que subiera de lado. Incluso te puedo decir que, mientras tenía la bola en la mano, el carro no dejaba de ascender porque corría siempre hacia el imán que yo mantenía en alto, pero la arremetida del hierro por unirse al imán era tan violenta que me hacía doblar el cuerpo en dos, de manera que no me atreví a intentar más que una vez esta experiencia nueva. En verdad era un espectáculo bien asombroso, ya que el acero de esta casa volante que yo había pulido con mucho cuidado, reflejaba en todos los costados la luz del sol tan viva y brillantemente que yo mismo creía estar en medio del fuego. Finalmente, luego de haber lanzado la bola varias veces y haber corrido a su encuentro, llegué como tú a un punto a partir del cual comencé a caer hacia este mundo. En ese momento, mantuve la bola bien apretada entre mis manos, y mi máquina, cuyo asiento me empujaba para aproximarse al imán, no se separó de mi; el único temor que me quedaba era romperme el cuello, pero para evitarlo lanzaba la bola hacia atrás cada tanto, para que la violencia de la máquina fuese retenida por ella y aminorase su marcha, para que mi caída fuera menos dura, y así ocurrió, en efecto. Porque, cuando me vi a poca distancia de la tierra, lancé la pelota a todos los costados, ora para aquí, ora para allí, al nivel del carro, hasta que mis ojos descubrieron el paraíso terrenal. Inmediatamente la lancé de nuevo por el aire, por encima de mí, y como la máquina la siguiese, la abandoné y me dejé caer sobre la arena del otro lado, lo más suavemente que pude, de tal manera que el golpe no fue más violento que si hubiese caído de mi altura.

Cyrano de Bergerac, “Viaje a la Luna”
(trad. Gloria Pampillo)

Fin del Mundo II

He aquí la segunda y última parte del artículo de Tamas.

2011
Mircea A. Tamas

II

Recientemente fue publicado un libro llamado 2012[1]. El autor, periodista aficionado a temas New Age, intenta probar, abusando de datos tradicionales mayas y hopi, que el 2012 será un año crítico, en el que sucederán un fin y un nuevo comienzo. El autor cita a René Guénon, “el erudito francés”, una vez, cita a Aleister Crowley ocho veces, a Rudolf Steiner más de veinte veces, y a la metafísica sexual de Evola siete veces. Utiliza todo tipo de información para promover la idea de que en el 2008 el sistema socioeconómico sufrirá un colapso drástico e irrevocable y que a partir del año 2011 ingresaremos en un “estado noosférico”, una sinarquía (término tomado de Saint-Yves d’Alveydre) basado en la confianza y la telepatía. Lo absurdo de este libro no sorprende, ya que usa cualquier método para provocar el “terror al 2011”.

Incluso autores interesados en el estudio de las doctrinas tradicionales sugirieron que el año 2011 será un año de crisis. Gaston Georgel, quien desarrolló gran pasión por la doctrina de los ciclos cósmicos, publicó en 1937 el libro Les Rythmes dans l´Histoire [Los ritmos en la historia], a propósito del cual René Guénon escribió una reseña, poniendo de relieve sus limitaciones y errores[2]; al final de su reseña, Guénon decía: “Al autor le ha pare­cido bien entregarse a algunas tentativas de “previsión del futuro”, por lo demás dentro de límites bastante restrin­gidos; es este uno de los peligros de ese tipo de investiga­ciones, sobre todo en nuestra época en la que las supuestas “profecías” están de moda; ninguna tradición fomentó jamás estas cosas, e incluso, si ciertos aspectos de la doctri­na de los ciclos siempre han estado rodeados de obscuri­dad, ha sido para obstaculizarlas.”

Gaston Georgel contactó a René Guénon, escuchando sus consejos y, en 1947 publicó una segunda edición, revisada, acerca de los ritmos de la historia, esta última también reseñada por Guénon (Formes, p. 30), una reseña suave, puesto que Guénon apreció los esfuerzos de Georgel para entender los datos tradicionales.

En 1975 Gaston Georgel publicó una tercera edición, aunque en ésta el autor no se pudo abstener de hacer una predicción del futuro. El problema con los ciclos cósmicos es que los resultados de cualquier pronóstico depende del punto de partida, porque, como Guénon había dicho, “para diferentes pueblos, el punto de partida debe ser diferente” (Formes, p. 29). Por lo tanto, aunque la duración del subciclo de 2160 años es correcto desde una perspectiva tradicional, esto no ayuda a pronosticar el futuro a menos que sepamos el punto de partida del subciclo; de otro modo, cualquier otro año podría ser un punto de partida, ya que podemos encontrar un acontecimiento importante en casi cada año del pasado. Gaston Georgel propuso como punto de partida la tercera Guerra Púnica, que tuvo lugar entre los años 149 y 146 a.C. Sumando 2160 obtenemos el periodo 2011 – 2014, un período que Georgel describió como apocalíptico, en el que tendrán lugar guerras y en el que las naciones lucharan contra las naciones.[3]

Por supuesto, es preferencia profana seleccionar la tercera Guerra Púnica como el punto de partida. Sin embargo, su propuesta es hoy un best-seller, y así podemos notar de qué manera operan las fuerzas contrarias.

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[1] Daniel Pinchbeck, 2012, The return of Quetzalcoatl, Jeremy Tarcher / Penguin, New York, 2006.

[2] René Guénon, Formes tradicionnelles et cycles cosmiques, Gallimard, París, 1980, p. 28. [traducción al español disponible de forma gratuita en la web]

[3] Gaston Georgel, Les Rythmes dans l´Histoire, Archè, Milano, 1981, p. 192.