Apuntes acerca de la mujer como símbolo

La mujer fue formada, igual que los ángeles, en el Paraíso, lugar enteramente colmado de noblezas y delicias, mientras que el hombre fue creado fuera del Paraíso, en el campo y entre las bestias salvajes, para ser más tarde conducido al Paraíso a fin de que la mujer pudiera ser allí creada.

[…] Si consideramos la materia de su creación, la mujer es superior al hombre, pues su creación no exigió una materia inanimada o un limo vil, sino una materia purificada, dotada de alma y vida, esto es, un alma razonable, partícipe de la divina inteligencia. A esto cabe añadir que Dios creó al hombre tomando una tierra que, por su propia naturaleza y mediando la influencia celeste, produce animales de toda especie, sin embargo a la mujer la creó Dios mismo, al margen de toda influencia celeste y de toda acción espontánea de la naturaleza […] En consecuencia, si el hombre es una obra de la naturaleza, la mujer es una creación de Dios.(1)

Siguiendo el razonamiento de Agrippa, podríamos decir que Eva, la mujer creada divinamente del costado de Adán, se contrapone a Lilith, la mujer creada del limo de la tierra al igual que él, y que representa a la contrainiciación, ya que devora a los niños pequeños, es decir, a los hijos de la doctrina, segándoles toda posibilidad de desarrollo espiritual, y dando a luz otros tantos demonios.

En cambio el aspecto luminoso, representado en un principio por Eva antes de la caída, y luego por María (2), siempre está simbolizando a aquella Sabiduría que estaba junto a Dios cuando creaba el mundo (3), porque, como nos dice Agrippa, “aunque la mujer fuera la última en ser creada según el tiempo y dentro del conjunto de las cosas, el espíritu divino la concibió en primer lugar, […] [porque como] es lugar común entre los filósofos decir (y los cito en sus propios términos): «el fin siempre es el primero en la intención y el último en la ejecución. »”

La mujer, simbolizando la Inteligencia, siempre ha sido cantada por el poeta (4):

[…]tuve una admirable visión, en la que vi cosas que hicieron que me propusiera no decir más de esta bendita hasta que yo pudiera más dignamente tratar de ella. Y para llegar a ello estudio cuanto puedo, así como ella lo sabe de verdad. De modo que si pluguiere a aquel por quien todas las cosas viven, que mi vida dure por algunos años, espero decir de ella lo que nunca fue dicho de ninguna. Y después quiera aquel que es sire de la cortesía, que mi alma puédase ir a ver la gloria de su dama. Es decir, de aquella bendita Beatriz, la cual gloriosamente contempla el rostro de aquel «qui est per omnia saecula benedictus».

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1 – Enrique Cornelio Agrippa, De la nobleza y preexcelencia de la mujer, Índigo, p. 43-45. Citado en “La cábala del renacimiento. Nuevas aperturas”, p. 287-288

2 – Cuyo “Ave” algunos han interpretado como la inversión del nombre Eva, significando que una se convirtió en puerta hacia el mundo, y la otra en puerta hacia lo divino.

3 – “Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos.” Sab. 9,9.

4 – Dante Alighieri, Vita Nuova, párrafo final. Trad. de J. E. Sanguinetti.

El código Leonardo

Llama la atención que casi diariamente uno se entere por los medios de una nueva interpretación de la obra de Leonardo da Vinci. Este boom no nació con la publicación de El código Da Vinci de Dan Brown, ni con El enigma sagrado de Michael Baigent, pero debemos reconocer que fue gracias a estos libros que muchas personas se interesaron por la obra del artista del renacimiento.

Además de La Gioconda, la obra que más se popularizó y que es centro de las teorías más descabelladas es La Última Cena. ¿Qué quiso transmitirnos Leonardo en esta pintura? ¿Guarda un mensaje cifrado, secreto, como muchos creen? ¿Aparece María Magdalena en esta pintura? ¿Es verdad que aparece el mismo Leonardo y otros personajes de la época retratados en esta obra? No voy a entrar en detalles ni responder estas cuestiones. Hay mucha bibliografía al respecto, inclusive para descargar gratuitamente desde internet.

La semana pasada los medios nos informaron acerca de otra teoría relacionada con El Cenacolo: esta vez, se trata del libro La Musica Celata (La música escondida) del músico Giovanni Maria Pala, quien explica que Leonardo escondió en su pintura una partitura musical. Las notas musicales serían los panes que figuran sobre la mesa y en las manos de los apóstoles, y el pentagrama debería dibujarse encima de ellos y atravesando horizontalmente toda la pintura. Cuando Pala ejecutó esta melodía oculta, el resultado no tuvo mucho sentido. Entonces, recordando que a Leonardo le gustaba escribir de derecha a izquierda, la ejecutó comenzando por el final, y el resultado fue una especie de réquiem, motivo muy apropiado, según Pala, para la víspera de la muerte de Cristo. Un amigo músico al que le comenté el hecho, me hizo notar que faltaría la clave (de sol, de fa) para saber cuál nota es cuál, y además una indicación del tempo, etc… pero que habría que leer el libro completo para poder dar una opinión. Más allá de eso, la frase que dijo el director del museo Da Vinci de Toscana al respecto me hizo reflexionar: “Donde hay proporciones armónicas, se puede encontrar música”.

Y esto nos lleva directamente al tema que quiero tratar: la obra maestra. ¿No es acaso la obra maestra la única susceptible de interpretaciones indefinidas, lo mismo que el universo, ya que al ser aquélla un reflejo de éste, es un “mundo en pequeño”?

Existe también correspondencia entre la armonía del cosmos y la armonía musical, como indica aquello de “la música de las esferas” según los pitagóricos. Los alquimistas ¿no llamaban “arte de música” a su ciencia? ¿Y no la llamaban también “Gran Obra” (que es lo mismo que Obra Maestra)?

Pero ¿qué es una obra maestra?

Desde un punto de vista “vertical”, que es el que nos interesa, la obra maestra en cualquier arte u oficio es aquella expresión consumada de las posibilidades de un ser respecto de ese arte, entendiendo al arte como soporte y como la parte “visible” del desarrollo total del ser.

De allí que muchas tradiciones tomen a los oficios como soportes para la iniciación y la posterior realización espiritual. Explica René Guénon(1):

Si el oficio es algo del hombre mismo y, de alguna manera, una manifestación o una expansión de su propia naturaleza, es fácil comprender que pudiese, como decíamos en todo momento, servir de base para una iniciación, e incluso que sea, en la generalidad de los casos, lo más idóneo que exista para este fin. En efecto, si la iniciación tiene esencialmente el objetivo de superar las posibilidades del individuo humano, no es menos cierto que como punto de partida sólo puede tomar a este individuo tal como es; de ahí la diversidad de las vías iniciáticas, en decir, en suma, de los medios utilizados como “soportes”, de acuerdo con las diferencias de las naturalezas individuales; interviniendo estas diferencias tanto menos cuanto que el ser avance más en su camino. Los medios así empleados sólo pueden tener eficacia si corresponden a la naturaleza misma de los seres a los cuales se aplican; y, como es preciso necesariamente proceder desde lo más a lo menos accesible, desde lo exterior a lo interior, es normal adquirirlos de la actividad por medio de la cual esta naturaleza se manifiesta exteriormente. Pero es obvio que esta actividad sólo puede desempeñar semejante papel cuando traduce realmente la naturaleza interior.

Y más adelante:

El ser, habiendo realizado plenamente las posibilidades de las cuales su actividad profesional es sólo una expresión exterior, y poseyendo así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esta actividad, cumplirá desde entonces conscientemente lo que al comienzo sólo era una consecuencia muy “instintiva” de su naturaleza; y así, si el conocimiento iniciático es, para él, nacido del oficio, éste último, a su vez, se convertirá en el campo de aplicación de ese conocimiento del cual ya no podrá ser separado. Habrá entonces una correspondencia perfecta entre lo interior y lo exterior, y la obra producida podrá ser, ya no solamente la expresión en un grado cualquiera y de forma más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de quien la habrá concebido y ejecutado, lo cual constituiría la “obra maestra” en el verdadero sentido de esta palabra.(2)

Se ve entonces la estrecha relación que tiene la iniciación con los oficios en las sociedades tradicionales (por ejemplo en la Europa de la Edad Media hasta bien entrado el Renacimiento, con sus gremios de constructores, sus artesanos, incluso existiría una iniciación femenina relacionada con la costura).

En el caso particular de Leonardo da Vinci podría hablarse no sólo de un arte, sino de varios, todos conjugados en una sola persona, artes que se interrelacionaban y que a pesar de la apariencia, tendían a la unidad. Se podrían aplicar a su caso las palabras de Paracelso(3):

El niño es todavía un ser múltiple, y según lo que despiertes en él adquirirá su forma. Si despiertas su capacidad para remendar zapatos, será zapatero remendón, si despiertas al cantero que hay en él será cantero, y si evocas al estudioso se convertirá en estudioso. Y eso puede ser así porque en él yacen todas las posibilidades; lo que despiertes en él brotará de él; lo demás se mantendrá hundido en el sueño sin ser despertado. ¡Hemos nacido para velar, no para dormir! Por eso, hombre, aprende, aprende, pregunta, pregunta, y no te avergüences de ello: porque de ese modo podrás hacerte un nombre que resuene en todos los países y nunca será olvidado.(4)

Cabría preguntarse… ¿la historia se ha olvidado del nombre de Leonardo da Vinci?

Podemos decir entonces que la Última Cena es efectivamente una obra maestra, una obra alquímica. Y lo que está oculto en ella sólo puede ser descubierto y contemplado por aquellos que hayan logrado, aunque sea hasta un cierto punto, una realización efectiva de sus posibilidades de desarrollo del ser. Algo similar a lo que sucede con el secreto iniciático, que es secreto no porque no se lo diga o se lo oculte, sino porque es algo totalmente inexpresable en palabras, y que sólo puede ser intuido, conocido y realizado por cada quien.

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1 – René Guénon, Misceláneas. (Se puede descargar el archivo word de esta obra gratuitamente desde aquí, que es de donde se extrajo la cita)

2 – Op. cit. Agrega Guénon: “Todo esto, como se ve, está muy lejos de la pretendida “inspiración” inconsciente, o subconsciente si se quiere, en la que los modernos quieren ver el sello del verdadero artista, considerándolo superior al artesano, según una distinción más que criticable que tienen la costumbre de hacer”

3 – Citado en el libro de Federico González y Mireia Valls, La cábala del Renacimiento. Nuevas Aperturas, Mtm, 2007.

4 – Es bueno recordar a este respecto aquello de “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Mateo 18.3, Marcos 10.15, Lucas 18.17. Además, véase el cap. 3 del evangelio de Juan.

Mirada horizontal y mirada vertical

Existe una mirada horizontal y existe una mirada vertical para un mismo fenómeno, sea este fenómeno el universo, el hombre, los ángeles o cualquier otra realidad.

La mirada horizontal es la que permite observar las cosas en su aspecto cuantitativo, es analítica, racional, entiende las cosas paso a paso, primero una parte, luego otra, ahonda indefinidamente en el asunto que intenta explicar, sin darse cuenta de que ese supuesto ahondar en realidad es un moverse en círculos, pero sin abandonar nunca el mismo nivel en que se encontró desde un principio. Intenta explicarlo todo literalmente, fijándolo para poder observarlo. Ésta es la mirada de la ciencia moderna, de los sistemas filosóficos, del arte contemporáneo, de la educación oficial, de los individuos aislados en un mundo que sienten exterior a ellos mismos, extraño, de temer, un mundo plagado de otros seres que sólo puede comprender por la descomposición y posterior análisis de cada una de sus partes.

La mirada vertical, en cambio, es cualitativa, sintética, abarcativa. Contempla no sólo los fenómenos del universo a diferentes niveles simultáneos, sino que también contempla las realidades más allá de los fenómenos, es decir, observa los principios, y es capaz de aprehenderlos sin mediación alguna, en un instante que podría decirse fuera del tiempo, y sin necesidad de discurso. Es simbólica, no literal. Nadie puede enseñarla, pero sí puede ser intuida por aquellos que aceptan voluntariamente despojarse de rigideces adquiridas y fosilizadas, por aquellos que se animan al salto al vacío de una ruptura de nivel, sostenidos sólo por ese hilo espiritual del intelecto. Esta es la mirada de las ciencias llamadas tradicionales, de aquél conocimiento directo que busca la identificación total del conocedor y el conocido, que tiende hacia la Unidad, y aún más allá. Es la mirada de los seres que comprenden que no son algo ajeno a lo que los rodea, que saben que están hechos de la misma materia que las estrellas, de la misma esencia que los ángeles, y que no son distintos de lo visible y de los invisible, porque conocen (y al conocer, se fusionan con) la Unidad.

La afirmación de la Tabla de Esmeralda “así como es abajo es arriba, y así como es arriba es abajo para hacer los milagros de una cosa única” que enseña el principio de analogía, sólo puede comprenderse de manera provechosa desde la mirada vertical. ¿Qué interés tenían los antiguos en estudiar el universo, en relacionar aquellos signos celestes con distintas partes del cuerpo humano, con distintos animales, vegetales y minerales? ¿La intención era simplemente clasificar, a la manera de Linneo, toda la naturaleza, con el fin mezquino de sentirse el rey de la creación y poner nombre a todas las cosas? Esto sería literalmente así para una mirada horizontal de la naturaleza, para una perspectiva sin profundidad y sin relieve, chata, profana. ¿Era esa la intención de Hermes Trismegisto al escribir su famosa Tabula? ¿O era más bien enseñarnos que no somos distintos de lo que nos rodea, y de que podemos conocer hacia afuera y hacia adentro simultáneamente, en el sentido de que conociéndonos a nosotros mismos también conoceremos todas las cosas?

Ciencias tradicionales como la antigua astrología se han convertido hoy en supersticiosos deshechos que repiten una y otra vez las mismas afirmaciones sin comprender su verdadero alcance, las que originariamente servían como soporte para el desarrollo de las potencialidades intelectuales (espirituales) del hombre.

Pero no alcanza sólo con denunciar la falta de la mirada vertical, y la degeneración que esta falta conlleva: es necesario también, y sobre todo, decir claramente que aún está viva en nosotros la posibilidad de despertarla, y que para hacerlo es necesario no sólo voluntad, sino también, y sobre todo, abrir los ojos.

De la Intuición Trascendental

En la revista digital Oriens del mes pasado se publicó esta nota, en francés, referida a un tema recurrente, por lo importante, entre los estudiosos de la llamada Tradición Perenne: la intuición intelectual, o trascendente. Qué es esta intuición sólo puede “experimentarse”, y cualquier acercamiento racional es sólo eso, un acercamiento, ya que pertenece a otro orden distinto del de la razón.

La traducción es mía, por lo que de antemano pido disculpas por los errores.

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De la intuición trascendental

Ph. D.

Es muy difícil captar todo lo que recubre la noción de intuición trascendental inherente a la Realización espiritual. Aquí vamos a intentar mostrar que hay que distinguir la intuición trascendente de la intuición mediata, o incluso de todas las fantasmagorías difundidas por los teosofistas que han impregnado la mentalidad y las creencias de los habitantes de los países occidentales.

Se puede decir desde ahora que la intuición mediata conduce a la toma de conciencia ordinaria de una ley en relación con los fenómenos sensibles, debida al análisis mental de un problema que se desea solucionar, mientras que la intuición trascendental es una toma de conciencia superior debida a un cambio de estado de ser a causa de la práctica de una ciencia tradicional.

Una enseñanza tradicional utiliza un método científico y riguroso de transmisión de un conocimiento no expresable con palabras, pero perfectamente comprensible, donde todas las partes del individuo (intelectual, mental, afectiva, corporal) son movilizadas al unísono. Esto apunta, a través de etapas integradoras sucesivas, a poner al hombre en armonía con los ritmos arquetípicos que dan orden a la Manifestación Universal, por la práctica de una ciencia del ritmo de origen supra-humano (entendiendo al ritmo en su sentido más amplio, o sea, relacionándolo con cada modalidad de la diversidad estructural humana), es decir poniendo en práctica los ritmos que pertenecen desde el origen al hombre, y no los ritmos que han sido inventados por el hombre. Esta clase de enseñanza se articula así: primero, la puesta en relación efectiva con el dominio supra-humano por intermedio de la Influencia Espiritual; la purificación corporal del individuo por un modo de ser acorde con el de la Potencia Espiritual en el origen de la ciencia; el establecimiento de un estado de neutralidad afectiva; la apertura de la conciencia hacia la Inteligencia principial de la Existencia Universal(1) por la puesta en resonancia armónica de todos los ritmos propios del caminante con los de su ciencia, que no son otros que la expresión particularizada, sintética y microcósmica de los Principios que fundamentan y sustentan la Manifestación. Cuando el iniciado alcanza la realización de esta Unidad, entonces se «conoce a sí mismo» y siguiendo los grados de Universalidad de su Realización, es entonces Conocedor, o, por decirlo de otro modo, él alcanza la inteligibilidad total de una Ciencia principial, o más, es en su esencia y por su ser manifestado, la expresión misma de esta Ciencia. Habiendo devenido el Principio de una indefinidad de posibilidades y de expresiones conformes a un cierto grado de la Existencia Universal, todo movimiento de este ser Realizado es la exteriorización de una posibilidad de este Principio. De este modo, la articulación de su vida puede ser identificada a la articulación de una Palabra sagrada, o a la articulación de letras formando las palabras y las frases de un Libro sagrado y sintético. Estos libros son los libros de la Ciencia de la Existencia Universal.

La Realización Espiritual conduce pues a un estado crítico donde se produce un «pasaje al límite(2)» llevando a la percepción inmediata y brutal y a la inteligibilidad integral de una Verdad trascendente, fuente y trama de todas las verdades relativas de la Manifestación contingente. El «pasaje al límite» que conduce, como lo hemos dicho más arriba, a un cambio del estado del ser, es un pasaje a una dimensión existencial superior (como el paso de la recta al plano) donde lo que era anteriormente deviene infinitesimal respecto al nuevo estado. Este acceso a la dimensión superior es pues como una «extinción» del estado anterior, para emplear la terminología del esoterismo islámico, o como una muerte a su antiguo estado o incluso un nuevo nacimiento. En las iniciaciones africanas, estos pasos a otro estado a veces conducen a algunos individuos a perder todo recuerdo de su propio pasado.

Para permanecer en el plan de la escritura sagrada, esta Verdad última alcanzada luego de la Realización Espiritual, puede ser vista como el contenido sintético de un Libro como por ejemplo el Tao-Te-King. Así, el Hombre Realizado(3) alcanza la Inteligibilidad de una Ciencia que permite escribir sintéticamente el contenido de una Obra(4) susceptible de interpretaciones indefinidas, de transposiciones aplicables a todos los grados de la Existencia, pero también de instituir una ciencia tradicional nueva que permitirá a ciertos individuos, cuya naturaleza intrínseca está en afinidad con la práctica de ella, de caminar hacia, y de alcanzar eventualmente, el estado de realización del Fundador de la Ciencia.

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1- Es el más alto Conocimiento, del que proceden todos los conocimientos relativos a las cosas de la manifestación.
2- Véase Los principios del cálculo infinitesimal, René Guénon.
3- Hombre o Mujer.
4- Pero que no es más que una formulación fijada que demanda que sean constituidas escuelas de «lectura» de este Libro sintético, lectura entendida aquí en el sentido de que eso que está escrito sea «puesto en resonancia armónica» con el alumno por la puesta en conformidad de sus propios ritmos a la ayuda que brinda la práctica de una ciencia tradicional, ella misma en resonancia armónica con la Inteligencia, fuente de la cohesión del pueblo donde se vive este vínculo supra-humano y fuente de todas las revelaciones particulares.