Acerca de la “realización espiritual”

A continuación traduzco un artículo de Giovanni Ponte aparecido en la Rivista di Studi Tradizionali nº48, enero-junio de 1978, y publicado en línea en italiano, que trata de la realización espiritual, y que creo puede servir e interesar a aquellos “estudiosos” del tema. – M.

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¿Qué quiere decir realización espiritual?

Giovanni Ponte

Aparecido en la Rivista di Studi Tradizionali n.48, Enero – Junio 1978

  

I

En esta revista se ha hablado en varias ocasiones de la distinción entre aquello que es de orden espiritual y aquello que es de orden psíquico, insistiendo a veces sobre la importancia de no confundir estos dos órdenes diferentes de existencia, y de entender claramente las relaciones entre ellos, a fin de evitar peligros y consecuencias incluso demasiado graves.

Se trata, en efecto, de un asunto que si no se tiene claro da lugar a innumerables equívocos.

En este sentido, puede recordarse la división de la existencia en tres modalidades: espiritual, psíquica y corpórea. Esta tripartición[1], que se encuentra en las doctrinas tradicionales más diversas[2], corresponde además a una visión normal y a una constatación que debería ser bastante evidente: es corpóreo lo que forma parte del llamado mundo material, objeto de la experiencia de los sentidos y sujeto a un determinado conjunto de condiciones como el espacio y el tiempo; es espiritual (para quien lo sepa aún concebir) lo que es de orden universal y, por tanto, del todo independiente de las condiciones individuales; finalmente, entre la esfera espiritual y la esfera corpórea, es lógico concebir un “mundo intermedio” que, no siendo aún en absoluto de orden universal, comprende todas las modalidades particulares de existencia sujetas a condiciones limitativas y a características distintas de aquellas del mundo corpóreo.

En el caso específico de la individualidad humana, al mundo corpóreo corresponde obviamente el cuerpo del hombre, al “mundo intermedio” su alma o psiquis, y es precisamente en virtud de tal correspondencia, que de manera más general, el mundo intermedio puede ser definido por analogía como mundo psíquico o anímico, además de ser designado en ciertas ciencias tradicionales como “sutil” en contraposición al mundo corpóreo o “grosero”.

Por otro lado, si se puede hablar en un cierto sentido de mundo espiritual, mundo psíquico y mundo corpóreo, es preciso sin embargo tener presente que no se trata en absoluto de tres entidades separadas, ya que existen entre ellos relaciones y vínculos causales bien definidos: “En efecto, el mundo corporal, en realidad, no puede ser considerado como un todo que se basta a sí mismo, ni como algo aislado en el conjunto de la manifestación universal; al contrario, y cualesquiera que puedan ser las apariencias debidas a la “solidificación”[3] actual, procede todo entero del orden sutil, en el cual tiene, se puede decir, su principio inmediato, y por la intermediación del cual se vincula, de próximo en próximo, primero a la manifestación informal[4] y después a lo no manifestado; si ello fuera de otro modo, su existencia no podría ser más que una ilusión pura y simple, una especie de fantasmagoría detrás de la cual no habría nada, lo que, en suma, equivale a decir que no existiría de ninguna manera. En estas condiciones, no puede haber, en este mundo corporal, ninguna cosa cuya existencia no repose en definitiva sobre elementos de orden sutil, y, más allá de éstos, sobre un principio que puede ser llamado “espiritual”, y sin el cual ninguna manifestación es posible, a cualquier grado que sea”.[5]

De lo que precede se puede incluso deducir que las determinaciones cualitativas del cuerpo del hombre proceden de su alma[6], de la cual son una expresión que está en consonancia con las condiciones limitativas y la receptividad propia del “soporte” mutable corpóreo; además, dada la relación existente entre el mundo corpóreo y el mundo anímico, debería ser evidente que “no pueden existir objetos realmente “inanimados””[7].

Además, análogamente, se debe considerar que tampoco puede existir nada “psíquico” que no sea a su vez, de algún modo, la manifestación de una realidad espiritual.

II

En este punto (o basándose sobre consideraciones análogas), se puede estar tentado de razonar del modo siguiente: si cada manifestación y experiencia, psíquica o corpórea, expresa en definitiva una realidad de orden espiritual, ¿por qué querer distinguir determinadas modalidades como privilegiadas como provenientes de una influencia espiritual, con exclusión de otras? ¿No es, básicamente, todo en su esencia espiritual, y lo que importa es remontar hacia tal esencia apoyándose en cualquier tipo de experiencia, de acuerdo a su propensión y sin exclusión o “prejuicio” de cualquier tipo?

Tales razonamientos, susceptibles de consecuencias prácticas para nada indiferentes, asumen a veces una apariencia de validez en cuanto, en efecto, las orientaciones y áreas de investigación más diversas pueden servir, al comienzo, como ocasiones para el surgimiento de una tendencia hacia la espiritualidad, o a lo que se cree ser espiritual.

La cuestión se vuelve muy diferente, sin embargo, si se trata de afrontar seriamente una vía de realización espiritual, y bastaría una concepción teórica más o menos clara de lo que significa la realización espiritual para excluir la mayoría de las pretensiones y de las ilusiones al respecto.

Es cierto que las manifestaciones de carácter psíquico y corpóreo derivan en el fondo totalmente de lo espiritual, y no están en absoluto separadas desde el punto de vista de este último. Pero, para el hombre que se encuentra inmerso en una corriente de manifestación corpórea y psíquica, tal manifestación presenta un carácter poderosamente separativo, por otra parte indispensable para que sus posibilidades individuales alcancen su actualización y consumación necesarias en el orden de existencia propio. El hecho de comprender en la propia alma los reflejos de un orden y de una realidad espiritual no basta para realizarla, desde el momento que se trata por definición de una experiencia individual humana.  

Esto es realmente fundamental: no es en cuanto hombre que un ser puede identificarse con lo espiritual, y por otro lado sólo en su identificarse se puede decir que lo conoce efectivamente y lo realiza. La realización espiritual es posible únicamente porque el ser que la persigue, “que es humano en uno de sus estados, es al mismo tiempo algo distinto y mayor que el ser humano”[8]. La pretensión del individuo a la realización espiritual y supra-individual no es más que un absurdo. La aspiración a la realización espiritual, en el sentido verdadero al cual hemos hecho alusión, no tiene entonces nada que ver con una orientación que tenga una finalidad individual cualquiera: por ejemplo, no tiene nada que ver con ninguna corriente “espiritualista” o “tradicionalista”, ni con aquellas que van en busca de una “experiencia” mística, o mágica, o de cualquier otro género.

La aspiración a la realización espiritual tiene su presupuesto en la conciencia más o menos clara de que la propia individualidad humana no es más que uno de los estados del ser total; la situación de encierro en el mundo humano se presenta entonces como una prisión; la limitación en el propio ámbito individual separado[9] de los estados supra-individuales y del Principio en el cual reside en definitiva el verdadero “Sí”, puede aparecer entonces como una suerte de mutilación paradojal; la realización espiritual no tiene el sentido inconsistente de una meta ambiciosa, sino más bien el de un remedio necesario y de una exigencia indispensable para volver a poner “finalmente” cada cosa en su lugar.

Pensamos que René Guénon se refiere precisamente a los seres capaces de entender tal exigencia y de aspirar a la realización espiritual cuando se expresa en estos términos: “Aquellos que tienen posibilidades intelectuales verdaderamente extensas… están lo suficientemente bien equilibrados como para tener, casi instintivamente, la seguridad de que no correrán nunca el riesgo de ceder a ningún vértigo mental; esta seguridad, es menester decirlo, no está plenamente justificada mientras no hayan alcanzado un cierto grado de desarrollo efectivo, pero sólo el hecho de poseerla, incluso sin darse cuenta de ello muy claramente, les da ya una ventaja considerable. En esto no queremos hablar de aquellos que tienen una confianza más o menos excesiva en sí mismos; aquellos a los que nos referimos ponen en realidad, incluso si no lo saben todavía, su confianza en algo más elevado que su individualidad, porque presienten de alguna manera esos estados superiores cuya conquista total y definitiva puede ser obtenida por el conocimiento metafísico puro”[10].

Añadimos que es precisamente sólo a quien es capaz de tener tal “presentimiento” y tal aspiración al conocimiento metafísico puro (el cual, actualizándose, es uno con la realización espiritual) que René Guénon consagró toda su obra, y todo cuanto aquí escribimos no puede tener para nosotros otro valor y otra intención que la de constituir en cierto modo, sin duda muy imperfectamente, una prolongación[11].

III

Luego de las aclaraciones que hemos tratado de hacer respecto del significado de la realización espiritual, notamos que los casos de aspiración auténtica, y de la cualificación intelectual preliminar, siguen siendo más raros de lo que podría parecer desde un punto de vista superficial. Además, como está indicado en el pasaje arriba citado, todavía en aquellos casos raros y excepcionales la sensación de seguridad no está del todo justificada, por lo menos hasta que no se haya alcanzado un cierto grado de desarrollo efectivo.

El hecho es que quien tiene en sí la certeza producida por lo que Guénon llama presentimiento de los “estados superiores”[12] se apoya, al menos al principio y en cuanto individuo humano, en los reflejos de naturaleza mental y, de modo más general, psíquica, con todas las conexiones y las implicaciones individuales que se le relacionan. Los contenidos mentales y psíquicos, cualesquiera que sean, aunque reflejos de lo espiritual, tienen siempre un carácter necesariamente relativo y por eso mismo ambiguo: son válidos en cuanto a que están vinculados a lo superior, pero ilusorios por las condiciones restrictivas en las que se manifiestan. Es más, si falta la adecuada claridad intelectual[13], aquellos contenidos psíquicos (en particular racionales e imaginativos) que pueden atraer por reflejo una realidad superior, justamente en virtud de tal fuerza de atracción son incluso susceptibles de múltiples desarrollos ilusorios, sobre todo en nuestra época, combinándose con la doble red casi inextricable de la autoafirmación individual, y de la confusión reinante en un ambiente llevado ya hacia la subversión.

Quien tiene alguna experiencia del mundo en el que vivimos no debería tener dificultad en recordar innumerables ejemplos que, en diversas direcciones, ilustran cuanto hemos indicado. No hay dudas de que, si fuese posible hacer una historia de las tentativas recientes de operar en el sentido de la realización espiritual, se trataría más de una historia de las tentativas desviadas y fallidas[14], cuando no directamente de corrientes ya activamente al servicio de las fuerzas que ilusoriamente se oponen a la espiritualidad y se preparan a afirmar su efímero dominio aparente sobre nuestro mundo.

En estas condiciones, es más que importante evitar conformarse con todo lo que, a cualquier nivel, sean sólo reflejos ambiguos de la verdad, y, aún cuando se hayan encontrado los soportes y los instrumentos válidos, es preciso propender incansablemente a lo esencial no susceptible de falsificación ni de desviación por ser de orden universal e inalcanzable por las contingencias[15]. Para aquellos que, no obstante, aspiran a recorrer una vía que los conduzca a la realización espiritual, será entonces necesaria una claridad mental que mantenga abierta la orientación hacia la intelectualidad supra-individual de la cual ella es el reflejo, y será indispensable una vigilancia constante con respecto a sí mismos como contra la interferencia de las confusiones de cualquier género, mientras que, por otra parte, será necesaria una aplicación estricta de las condiciones y de las técnicas relativas a la intervención de las influencias espirituales[16] mismas. Sobre todo, será necesario realizar (aunque sea gradualmente y desde un punto de partida extremadamente periférico[17]) el compromiso y el sacrificio más sincero y total de la propia individualidad[18] en relación a su Principio y de aquello que lo representa.

Estas consideraciones son sin duda todavía muy generales, pero esperamos puedan ser comprendidas al menos por algunos en su verdadero significado, que no es una vana abstracción, así como esperamos tener la oportunidad de señalar aplicaciones más precisas. Además, en cada caso, todo depende de la conformidad esencial a la verdad metafísica y a la presencia espiritual que es incomunicable y que, para quien la reconoce dentro de sí, es inmediata en su evidencia. Y esta conformidad, que surge de la intuición intelectual de aquél Principio único en el que reside la realidad profunda de todos los seres y que es el Sí universal, representa además un formidable e inexpresable instrumento de unión entre todos aquellos que la comparten[19].

 

 


[1] Señalamos aquí sólo de pasada (pero se trata en realidad de un punto de capital importancia) que esta tripartición, precisamente porque concierne a la existencia, comprende en sí la modalidad espiritual o “angélica”, pero no el Principio que trasciende la existencia, sea como Causa primera de la existencia misma, sea como Totalidad infinita mas allá de cualquier determinación y de cualquier clase de relación.

[2] Entre los distintos ejemplos que se podrían recordar, citamos el “Tribhuvana” (o conjunto de los “tres mundos”) hindú, que presenta una indudable correspondencia con los modos de existencia “hílico”, “psíquico” y “pneumático”, conocidos en occidente sobre todo a través de la doctrina de los gnósticos pero cuyo significado no es ciertamente exclusivo de éstos; a propósito, es curioso notar que también la antigua cosmología de los Chamanes de Siberia se basaba sobre una tripartición del mismo género. Entre los cristianos, se produjo confusión con la utilización de dos términos solamente, “cuerpo” y “alma” (esta última a menudo identificada equivocadamente con el “espíritu” o incluso con el “pensamiento”). Sin embargo, se tenía bien presente una concepción mucho más completa antes de tales degeneraciones, y no por nada San Pablo se refiere al Verbo que viene a separar el espíritu de la psique del hombre. – Para evitar otro equívoco precisaremos que, según una perspectiva igualmente válida pero diferente, la existencia puede ser dividida en tres partes: el mundo terrestre (que corresponde entonces tanto a la modalidad sutil o psíquica como a la modalidad corpórea), los mundos inferiores o “infernales”, y los mundos superiores, espirituales y “celestes”.

[3] La “solidificación” del mundo a la que se alude se refiere a aquella fase de desarrollo del mundo terrestre en el que la modalidad corpórea aparece máximamente separada del resto de la existencia, dando lugar a un campo de percepción casi completamente cerrado, tanto que puede hacer parecer válido un punto de vista como el del “materialismo”. Podemos agregar que, según lo indican numerosas señales, el momento de mayor “solidificación” ya fue sobrepasado desde hace muchos años, y que nos encontramos justamente en una época post-materialista caracterizada por la progresiva apertura a las modalidades “sutiles” más bajas destinadas a llevar al mundo humano a la disolución (cfr. R. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, particularmente el cap. XXIV Hacia la disolución, y el cap. XXV Las grietas de la “Gran Muralla”).

[4] Por “manifestación informal” se entiende aquí la manifestación no condicionada por los límites de las “formas” particulares de existencia, lo que corresponde naturalmente a los estados superiores y supra-individuales, o sea espirituales, de la existencia.

[5] Cfr. René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXVI Chamanismo y brujería, pp. 160-161 de la ed. de Paidós, 1997;  pp. 261-262 de la ed. CS Eds., 1995.

[6] Esto es, entre otras cosas, un principio fundamental de la medicina tradicional (a propósito de esta última, cfr. el artículo de Tullio Masera, Considerazioni sulla Medicina, en el n.4 de la Rivista di Studi Tradizionali [Existe una traducción al español publicada en la página web de la Revista de Estudios Tradicionales editada en español, Consideraciones sobre la Medicina, N. del T.])

[7] Cfr. René Guénon, ibídem.

[8] Cfr. René Guénon, La Metafísica Oriental, en el n.44 de la Rivista di Studi Tradizionali, p.8 [pp. 17-18 de la edición española de Obelisco, 1995]

[9] Esta condición en la que el ser se encuentra como separado de los estados superiores y del Principio universal está simbolizada, en el esoterismo islámico de la tariqa mawlawiyah, por la flauta de caña que, separada del tronco, se lamenta por la innatural separación y despierta el recuerdo de la unión. En cuanto a aquellos que son refractarios a tal recuerdo, se puede decir acertadamente que están muertos espiritualmente. Se les puede aplicar justamente la expresión dantesca: “Siete quasi entòmata in difetto, sí come vermo in cui formazion falla” (Purgatorio, 10, 128-9). [“Sólo sois defectuosos insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse”].

[10] Cfr. René Guénon, Oriente y Occidente, Conclusión. [pp. 174-175 de la edición española de Olañeta, 2003]

[11] Notamos de pasada que, a decir verdad, esto hace del todo insensatas y ridículas las suposiciones según las cuales se nos atribuyen las intenciones políticas más contrastantes y más extrañas a lo que realmente cuenta para nosotros. Las invenciones como estas tienen en realidad su lógica: hay que reconocer que es perfectamente natural que cada uno imagine y aplique a los demás sólo aquellas motivaciones que se aplican al ámbito de las propias costumbres mentales y a los límites de la propia comprensión.

[12] Se podría observar que la “ventaja considerable”, atribuida por Guénon a quien posee la certeza producida por el “presentimiento” de los “estados superiores” del ser, implica también reflejos operativos inmediatos, en particular a causa del desprendimiento que le permite localizar mejor y afrontar los casos individuales y la vía a recorrer. También bajo este aspecto es sin duda muy importante saber mantener “despierto” tal presentimiento; además, es preciso no hacerse ilusiones excesivas, tanto en el sentido de no confundir esta capacidad de desprendimiento con un componente psicológico que podría incluso ser negativo escondiendo una incapacidad de participar en determinados aspectos de la realidad, sea en el sentido de que, si la vía iniciática avanza verdaderamente en profundidad, preservará a la individualidad de las “crisis” más radicales que lo que se puede imaginar en los primeros pasos.

[13] Se debería hablar primero de las cualificaciones intelectuales, y luego de la preparación teórica adecuada. A propósito de esta última, recordamos que “allí donde la realización no ha sido precedida de una preparación teórica suficiente, pueden producirse múltiples confusiones, y hay siempre la posibilidad de extraviarse en alguno de esos dominios intermediarios donde no se está protegido contra la ilusión; es sólo en el dominio de la metafísica pura donde se puede tener una tal garantía, que, siendo adquirida de una vez por todas, permite abordar a continuación sin peligro no importa cuál dominio” (cfr. Oriente y Occidente, Entendimiento y no fusión, p.166 de la ed. española, Olañeta, 2003)

[14] Hablando de tentativas fallidas, pensamos aquí en aquellos que, partiendo de una posición en la que estaba presente una aspiración a la espiritualidad, después han tomado direcciones de otra naturaleza totalmente distinta para alimentar ilusiones propias y ajenas. Naturalmente, muy distinto es el caso de aquellos que, en el curso de una vía de realización auténtica, encuentran obstáculos insalvables, respecto a sus cualificaciones, para poder proseguir expeditivamente. Por supuesto, tal situación no debería desalentarles, sino más bien inducirles a multiplicar sus esfuerzos y a reforzar su determinación en la dirección deseada.

[15] En particular, esto incluye la capacidad de mantener las relaciones de las expresiones en forma racional que deberían servir de soporte para un conocimiento de orden profundo; como escribió René Guénon, “los “conceptos” en sí mismos y sobre todo las “abstracciones” no nos interesan lo más mínimo (y, cuando aquí decimos “nos”, eso se aplica, por supuesto, a todos aquellos que, como nosotros mismos, entienden colocarse en un punto de vista estricta e integralmente tradicional)” (Iniciación y realización espiritual, cap. Metafísica y Dialéctica, p.26 de la ed. española, Ignitus, 2007) Y esto vale, por ejemplo, incluso contra las reducciones involuntarias de la obra de Guénon a una especie de sistema “guenoniano”, fáciles de producirse por una suerte de “solidificación” mental contra la cual sería de capital importancia saber reaccionar (si se fuera capaz), para extraer la eficacia propiamente intelectual que es la verdadera razón de ser de la obra de Guénon.

[16] Aquí tocamos el importantísimo tema de la intervención de las influencias espirituales según modalidades que no tienen nada de arbitrario: con esto se relaciona, en particular, la exigencia de una adhesión efectiva a la tradición en una de sus formas específicas, la exigencia de la vinculación a una cadena iniciática, y la correcta realización de las modalidades rituales correspondientes.

[17] El hecho de que el punto de partida individual sea enteramente periférico respecto a la meta a realizar no debe sorprender, especialmente si se trata de la individualidad “profana” de un occidental moderno. Lo que cuenta es más bien tomar conciencia, sin demasiadas ilusiones, de tal punto de partida, involucrando también la exigencia de desarrollar un largo y a menudo penoso trabajo preliminar de rectificación de la propia individualidad, a lo que puede brindar soporte, en particular, una iniciación a los “pequeños misterios”. Esta es una de las razones por las que René Guénon consideró apropiada la iniciación masónica para los occidentales aspirantes a una realización espiritual, siendo esencial al mismo tiempo la necesidad de no perder de vista la orientación metafísica fundamental si no se desea que las posibles aplicaciones puedan devenir motivo de dispersión o de desviación.

[18] Mencionamos aquí sólo de pasada la cuestión verdaderamente decisiva del sacrificio y de la “muerte iniciática” de la individualidad, requisito de la realización espiritual auténtica.

[19] La realización efectiva de tal unión intrínseca es puesta a prueba duramente por el mundo moderno que, de su parte, utiliza todos sus medios de dispersión y de separación. Pensamos que se debe actuar con la mayor determinación contra estas tendencias, de modo de realizar las virtualidades inherentes a tal unión: y eso es lo que pretendemos hacer con el hecho mismo de afirmarla aquí para aquellos lectores que la puedan reconocer.

 

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