Luigi Valli y la Mujer-Sabiduría

Hace algún tiempo, habíamos hecho referencia, en otra entrada, a la mujer como símbolo de la Sabiduría. En ese entonces no habíamos leído todavía la obra de Luigi Valli “El Lenguaje Secreto de Dante y de los ‘Fieles de Amor’” (publicada por primera vez, en italiano, en 1928). En esa obra, el autor presenta la tesis, muy bien desarrollada, de que las mujeres a las que se dirigen o de las cuales dicen estar enamorados los poetas stilnovistas (Beatriz, la ‘amada’ de Dante, es la más famosa) no fueron nunca mujeres de carne y hueso, sino la representación simbólica de la Sabiduría santa que estaba junto a Dios durante la creación del mundo.

Lo más sorprendente, y R. Guénon ya lo había señalado en su momento, es que L. Valli no tenía ninguna pretensión “esotérica”, sólo señalaba el “hecho”, que ningún estudioso “positivo” y mucho menos ningún especialista en literatura (pero sí algún personaje algo extravagante como Rossetti) había sabido leer en la obra enigmática y muchas veces oscura de Dante y otros Fieles de Amor, y que él mismo había desentrañado “matemáticamente” y palabra por palabra, de que ese grupo iniciático (que Valli, justamente por no tener conocimientos de orden tradicional, designaba erróneamente como “secta”) se comunicaba y escribía en una “jerga convencional” (que en realidad, como precisaba también Guénon, no era convencional en absoluto, sino puramente simbólica). En esta jerga, por ejemplo, cuando se referían al Amor, estaban hablando en realidad de la organización misma, o cuando hablaban de la mujer (a la que cada uno de ellos le daba un nombre particular, porque cada uno de ellos percibía un “aspecto” de la Sabiduría eterna y una) podían estar refiriéndose también a la organización misma (como por ejemplo cuando se dice “Cristo venció en las cruzadas al ejército infiel” para referirse a la cristiandad toda), o a otra organización similar (como cuando alguno de los poetas-iniciados viajaba a otra ciudad y encontraba a una dama “exactamente igual a su amada”).

El libro en sí está muy bien planteado, pero hace agua en cosas tan importantes desde el punto de vista tradicional, y mucho más en el iniciático, como es la confusión entre lo esotérico y lo exotérico, o el empleo de palabras que nada tienen que ver en un ámbito iniciático, como indicábamos antes. En este aspecto, sugerimos remitirse a las precisiones que hiciera René Guénon, y que están incluidas en dos artículos ahora publicados (como capítulos IV y V) en Apreciaciones acerca del Esoterismo Cristiano.

Hoy traducimos la primera parte del capítulo “La ‘Mujer-Sabiduría’ antes y fuera del dolce stil novo” del libro de Valli, que aún no fue, hasta donde nosotros sabemos, editado íntegramente en español. Creímos también oportuno agregar en nota algunas observaciones extraídas de los artículos de Guénon citados antes, que aclaran imprecisiones del autor.

 

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La “Mujer-Sabiduría” antes y fuera del dolce stil novo.

 

L’amorosa Madonna Intelligenza,

che fa nell’alma la sua residenza,

che co la sua bieltà m’ha ‘nnamorato.

Compagni, L’Intelligenza.

 

[Las notas fueron agregadas por nosotros y no figuran en el original. – M.]

 

Para buscar los antecedentes del movimiento y de los símbolos que deseamos estudiar, no es indispensable e incluso no es prudente ir demasiado lejos. Sabemos muy bien que algunos símbolos místicos descienden de la más venerable antigüedad, que pasaron a través de los misterios y que sus ramificaciones penetraron más tarde en muchos movimientos más o menos místicos, más o menos secretos, que bañaron todo el sustrato de la historia. Pero estas vastas búsquedas, justamente por su atractivo, dispersan fácilmente las energías y a menudo son poco fructíferas.

Son poco fructíferas por la simple razón que en estos movimientos secretos y sectarios1 ciertas formas exteriores2 e incluso ciertos símbolos permanecen o se transmiten de un movimiento a otro, aunque la sustancia del movimiento se transforme profundamente. El lenguaje, los ritos y los símbolos pueden ser parecidos o idénticos en movimientos que en su espíritu son muy distantes entre sí.

El no haber considerado este hecho llevó a Rossetti a una investigación demasiado amplia y demasiado confusa. En contra de sus conclusiones creo poder afirmar, como resultado de mi propia investigación, que el movimiento de los “Fieles de Amor” no es un movimiento netamente político y gibelino como él sostuvo, por más que por la estrecha relación que la política tenía con la religión en el medioevo, haya llevado a casi todos sus adeptos a determinadas actividades políticas. Aquél movimiento, si bien algún hilo invisible lo relacionaba con un antiguo pitagorismo itálico o con los antiguos misterios, como pensó Rossetti, es un movimiento profundamente católico en su espíritu, dirigido principalmente contra la corrupción de la iglesia carnal. Era justamente un ferviente llamado a la incorruptible Sabiduría mística contenida en la Iglesia corrupta.

Bastaría esta observación para liberarnos de aquél error de Rossetti (uno de los que fueron fatales para él y para sus ideas), por el cual vio en el movimiento de lo “Fieles de Amor” un espíritu precursor de la Reforma, mientras que su espíritu se movía en sentido totalmente opuesto al del individualismo protestante, se movía en el sentido tradicional de la herejía italiana3, que tendía siempre a afirmar la santidad fundamental de la Iglesia y la unidad del espíritu religioso incluso cuando atacaba violentamente a la Iglesia corrupta porque ella no cumplía su mandato evangélico originario.

Y sobre todo, este movimiento no tiene nada que ver, según mi parecer (más allá de cualquier lejana analogía de forma, común a casi todos los movimientos secretos e iniciáticos), con la moderna Masonería de carácter laico o vagamente teísta4, porque, lejos de aspirar a la libertad y a la laicidad del pensamiento, en su momento más feliz culmina en la fórmula dantesca della Croce e dell’Aquila (de la Cruz y del Águila)5, fórmula que santifica la autoridad absoluta de la Iglesia (purificada) y del Imperio.

No deseo aburrir al lector obligándolo a recorrer conmigo todo el camino que me ha llevado a estas conclusiones. Cuando se reconstruye a partir de sus fragmentos una estatua destruida, debe presentarse la estatua totalmente restaurada: es inútil relatar por qué medios se logró recomponerla.

La combinación perfecta de los fragmentos y el significado del conjunto son la sola prueba de la buena reconstrucción. Para iluminar la demostración que vendrá luego, digo desde ahora cuál resulta ser la composición de la idea secreta de los “Fieles de Amor” según mi investigación, la cual (especialmente en esta parte) aunque utiliza cautamente la obra de Rossetti y de Pérez, está bien lejos de aceptar todas las conclusiones y las confusiones del primero y el limitarse a las pocas cosas que demostró (aunque muy lúcidamente) el segundo. El movimiento de los “Fieles de Amor” no se entiende, según mi parecer, si no como resultado del confluir de cinco tradiciones diferentes:

1. Una tradición más propiamente filosófica que, partiendo del aristotelismo interpretado por Averroes, acostumbraba representar bajo la figura de una mujer “la inteligencia activa”, es decir, aquella inteligencia única y universal (el intelecto activo en contraposición al intelecto pasivo, que es propio a cada individuo), que vivifica por sí misma el intelecto del individuo y es la que lo conduce al conocimiento de las supremas ideas eternas, intangibles para los sentidos, por lo tanto a la verdadera contemplación pura  y a Dios.

2. Una tradición místico-platónica cuya expresión se encuentra sea en el gnosticismo sea en los libros místico-platónicos de la Sabiduría o del Cantar de los Cantares (los libros seudo salomónicos de la Biblia), la cual desde hacía siglos representaba la Sabiduría que ve a Dios como la mujer amada, mujer que la tradición ortodoxa, con perfecta lógica, interpretaba más bien como la Sabiduría de la propia Iglesia en cuanto Sabiduría que ve a Dios (Revelación) de la cual se sentía depositaria.

3. La tradición del misticismo católico ortodoxo que, especialmente con San Agustín, Ricardo de San Víctor y otros, había representado en una determinada mujer de la Escritura y precisamente en Raquel (¡la vecina y compañera de Beatriz!) la virtud de la vida contemplativa, es decir, la Sabiduría santa objeto del amor de Jacob y, según Agustín, meta y suspiro de “todo estudiante piadoso”. 

4. Aquella tradición, sea ortodoxa o heterodoxa3, que declaraba a la Iglesia de Roma corrompida por los bienes mundanos, tradición que, cuando se mantenía en los límites más ortodoxos, se contentaba con reformar el espíritu y las costumbres de la Iglesia mundana (movimiento franciscano ortodoxo), y cuando se permitía mayores audacias (Cátaros, Valdenses, movimiento franciscano heterodoxo), declaraba directamente corrupta la palabra de la Iglesia decaída por la corrupción moral de la propia Iglesia y le negaba obediencia, apelando a la Verdad o Sabiduría incorruptible develada un día a la Iglesia, pero de la cual ésta, en su manifestación carnal ya no era más su verdadera y digna expresión. 

5. La tradición sectaria del uso del doble sentido del lenguaje, es decir, del hablar en doble sentido, para evitar que “la gente común”, y mucho más la autoridad enemiga, comprenda; tradición que, largamente difundida por el maniqueísmo en Persia, penetró naturalmente entre los herejes que descendían más o menos directamente de los maniqueos (Cátaros y Albigenses), tradición afín a la que habían generado los “Fieles de Amor” persas (místicos exaltadores del amor de Dios bajo el velo de la poesía de amor) y que del mismo modo, en el ambiente albigense de Provenza y en los ambientes heréticos de Francia, penetró en la poesía de amor escondiendo en ella pensamientos místicos y sectarios.

Algunas de estas diversas tradiciones ya estaban cercanas entre ellas. Por ejemplo la tradición filosófica de la “inteligencia activa” y aquella más particularmente mística de la “Sabiduría santa” por una parte, mientras que de otra parte la lucha contra la corrupción de la Iglesia se había ligado naturalmente con el uso del lenguaje secreto de las sectas. Durante el período y sobre las personas de las cuales nos ocupamos, todas estas tradiciones confluyeron juntas.

Solamente cuando podamos conocer con mayor certeza los particulares de este interesante sustrato de la vida del duecento y del trecento, podremos determinar mejor cuánto de una y otra tradición contribuyó a formar la verdadera doctrina del grupo al cual pertenece Dante. Es cierto que estos distintos elementos tradicionales no dominaron en modo exactamente idéntico el espíritu de cada uno de los “Fieles de Amor”. Éstos, personalidades eminentes, de diversa cultura y de diverso temperamento, incluso aceptando el lenguaje convencional y reuniéndose en un grupo de vida activísima (escisiones, dispersiones, renovaciones y filiaciones infinitas y contactos y combinaciones con otros grupos análogos) eran más susceptibles, unos a la tradición más propiamente filosófica (Guinizelli, Cavalcanti, Compagni), otros a la tradición mística (Dante). Los de menor rango se limitaban por lo general a hablar de la mujer como representación de la propia secta sin las profundas audacias anfibológicas con las cuales Guido Cavalcanti y Dante difundían la gloria de la Sabiduría santa bajo palabras de amor.

He aquí por qué en esta poesía aflora de vez en cuando ya sea el elemento más propiamente filosófico, ya sea el elemento místico, ya sea la espera apocalíptica de la renovación futura (en el lenguaje de la secta “el tiempo verde” o “el tiempo nuevo” en contraposición al “tiempo frío” durante el cual domina la Iglesia corrupta), ya sea la preocupación y las discusiones puramente sectarias, aquellas relacionadas, si así podemos decir, a la organización y a la vida interna de la secta, las cuales, de las alturas del amor místico hacen descender de hecho la poesía (para nuestra gran sorpresa) a los distintos problemas personales con Amor y entre los “Fieles de Amor”, y al chismorreo vulgar. 

Pero no podríamos interpretar esta confluencia de las cinco tradiciones arriba indicadas sin haber hablado un poco particularmente de cada una de ellas.

 

(Continuará)

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Notas

1- “Es necesario citar aún, a este respecto, el empleo continuo de palabras como «secta» y «sectario» que, para designar a una organización iniciática (y no religiosa) y lo que se refiere a ella, son del todo impropias y verdaderamente desagradables [nota: No es lo mismo, aunque algunos puedan pensarlo, que «jerga» (gergo); que, como hemos indicado, (“Le Voile d´Isis”, octubre de 1958, p. 652), fue un término “técnico” antes de pasar al lenguaje vulgar en el que ha tomado un sentido peyorativo. Hagamos hincapié en esta ocasión, en que la palabra «profano» también es tomada siempre por nosotros en su sentido técnico que, bien entendido, no tiene nada de injurioso.] y esto nos lleva directamente al más grave defecto que comprobamos en la obra de Luigi Valli. Este defecto es la confusión constante de los puntos de vista «iniciático» y «místico», y la asimilación de las cosas de que trata a una doctrina «religiosa», mientras que el esoterismo, incluso si toma su base en las formas religiosas (como es el caso de los Sufíes y de los «Fieles de Amor»), pertenece en realidad a un orden completamente diferente. Una tradición verdaderamente iniciática no puede ser «heterodoxa», calificarla así (p. 393), es invertir la relación normal y jerárquica entre lo interior y lo exterior. El esoterismo no es contrario a la «ortodoxia» (p. 104) aun entendida simplemente en sentido religioso; está por encima y más allá del punto de vista religioso, lo que, evidentemente no es del todo la misma cosa; y, de hecho, la acusación injustificada de «herejía» no fue a menudo más que un medio cómodo para desprenderse de gente que podía ser molesta por otros motivos distintos. Rosetti y Aroux no han cometido el error de pensar que las expresiones teológicas de Dante recubrían alguna otra cosa, sino solamente el de creer que debían interpretarlas «al revés» (p. 389); el esoterismo no se superpone al exoterismo, ni se opone, puesto que no está sobre el mismo plano, y da a las mismas verdades, por transposición a un orden superior, un sentido más profundo.” – R. Guénon, op. cit. Cap. IV.

2- “Los «Fieles de Amor» sabían ir más allá de las formas, y he aquí una prueba: en una de las primeras novelas del Decamerón de Bocaccio, Melquisedec afirma que entre el Judaísmo, el Cristianismo y el Islamismo «nadie sabe cuál es la verdadera fe». El Sr. Valli ha acertado al interpretar la afirmación en el sentido de que «la verdadera fe está escondida bajo los aspectos exteriores de las diversas creencias» pero lo que es más notable, y él no lo ha visto, es que estas palabras sean puestas en boca de Melquisedec, precisamente el representante de la tradición única oculta bajo todas sus formas exteriores; y hay ahí algo que muestra que algunos en Occidente sabían aún en esa época lo que es el verdadero «centro del mundo».” – R. Guénon, op. cit. Cap. IV.  

3- “La confusión del Sr. Valli entre esoterismo y «heterodoxia» es tanto más sorprendente cuanto que ha comprendido, al menos mucho mejor que sus predecesores, que la doctrina de los «Fieles de Amor» no era de ningún modo «anticatólica» (era incluso, como la de los Rosa-Cruz, rigurosamente “católica” en el verdadero sentido de la palabra), y que no tenía nada en común con las corrientes profanas de las que debió salir la Reforma (págs. 79-80 y 409). Únicamente que ¿dónde ha visto que la Iglesia haya dado a conocer al vulgo el sentido profundo de los «misterios»? (p. 101) Le enseña por el contrario tan poco que se ha podido dudar que ella misma haya guardado consciencia de ellos; y es precisamente en esta «pérdida del espíritu» en lo que consistiría la «corrupción» denunciada ya por Dante y sus asociados [nota: La cabeza de Medusa, que convierte a los hombres en «piedras» (palabra que juega un papel muy importante en el lenguaje de los “Fieles de Amor”), representa la corrupción de la Sabiduría; sus cabellos (que simbolizan los misterios divinos según los Sufíes) se convierten en serpientes, tomadas evidentemente en sentido desfavorable, pues en el otro sentido Ia serpiente es también un símbolo de la Sabiduría]. La más elemental prudencia les recomendaba, cuando hablaban de esta «corrupción», no hacerlo en lenguaje claro; pero no es necesario concluir de ello que el uso de una terminología simbólica no tenga otra razón de ser que la voluntad de disimular el verdadero sentido de una doctrina; hay cosas que, por su misma naturaleza no pueden ser expresadas de otro modo que de esta forma y esta vertiente de la cuestión, que es con mucho la más importante, no parece haber sido considerado para nada por el autor.” – R. Guénon, op. cit. Cap. IV.   
 
4- “Habría fuertes reservas que hacer sobre todo lo que Valli dice de la Masonería, que califica estrafalariamente de «modernissima» (pp. 80 y 430); una organización puede haber «perdido el espíritu» (o lo que se llama en árabe la barakah), por intrusión de la política u otra cosa, y guardar sin embargo su simbolismo intacto, aun no comprendiéndolo. Pero el Sr Valli mismo no parecer captar bien el verdadero papel del simbolismo, ni tener un sentido muy claro de la filiación tradicional; al hablar de diferentes «corrientes» (pp. 80-81), mezcla lo esotérico con lo exotérico, y toma por fuentes de inspiración de los «Fieles de Amor» lo que no representa más que infiltraciones anteriores, en el mundo profano, de una tradición iniciática de la que estos «Fieles de Amor» procedían directamente. Las influencias descienden del mundo iniciático al mundo profano, pero a la inversa no, pues un río no remonta nunca hacia su fuente; esta fuente es la «fuente de la enseñanza» de la que se trata a menudo en los poemas estudiados aquí, y que es generalmente descrita como situada al pie de un árbol, el cual, evidentemente, no es otro que el «Árbol de la Vida» [nota: Este árbol, entre los “Fieles de Amor”, es generalmente un pino, un haya o un laurel; el “Arbol de la Vida” es representado frecuentemente por árboles que permanecen siempre verdes.]  ; el simbolismo del «Paraíso terrenal» y de la «Jerusalén celestial» debe encontrar aquí su aplicación.” – R. Guénon, op. cit. Cap. IV.   

5- “Es necesario decir algunas palabras sobre la interpretación de la Divina Comedia que el Sr. Valli ha desarrollado en otras obras y que simplemente es ésta: las simetrías de la Cruz y del Aguila (pp. 382-384), sobre las cuales está basada complemente, dan cuenta de una parte del sentido del poema (conforme, además, a la conclusión del De Monarchia) [nota: Cf. Autorité Spirituelle et pouvoir temporel, cap. VIII]; pero hay en éste muchas otras cosas cuya explicación completa no puede hallarse aquí, como lo sería el empleo de los números simbólicos; el autor, equivocadamente, parece ver ahí una clave única, suficiente para resolver todas las dificultades.” – R. Guénon, op. cit. Cap. IV.   

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Epístola

 

Acabo de recibir un libro que hace tiempo estaba reclamando ser traducido al español.  Se trata del primer volumen de  las Cartas de Marsilio Ficino,  fundador de la Academia Florentina, que tradujo, entre otras obras importantes, el Corpus Hermeticum del griego al latín. Esperemos que esta publicación sea el inicio de una serie de traducciones al español de la obra del renacentista florentino. Lo edita Olañeta, y si bien aún no comencé a leerlo, copio al azar una de las cartas. Buena lectura.

 

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LA IMITACIÓN ES MÁS PODEROSA QUE LA LECTURA

 

Marsilio Ficino al magnánimo Lorenzo de’ Medici: saludos

Del mismo modo que la armonía tiene un efecto más poderoso cuando llega a nuestros oídos que cuando la recordamos, y una batalla nos conmueve más profundamente cuando la presenciamos que cuando oímos su narración, así, los hechos notables de los hombres ilustres nos motivan en mayor medida a perseguir la virtud, y nos forman por ello con mayor perfección, que las palabras de los oradores y filósofos que debaten sobre la conducta moral. Porque la naturaleza ha dispuesto que las cosas posean, en sí mismas, mayor poder que sus nombres. Y la verdad conmueve el corazón con mayor efectividad que aquello que, o bien contiene una apariencia de verdad, o bien es totalmente falso. Por esta razón, la imitación del modo de vida socrático ha conducido con mayor seguridad a más gente a la virtud, que las enseñanzas morales de Aristóteles. Y Cristo, por Sí mismo, a través de Su ejemplo ha sido de mayor provecho para conducir a más gente hacia una vida noble y santa, que todos los oradores y filósofos con sus palabras.

Y por eso te ensalzo, mi Lorenzo, porque aunque no desdeñas la instrucción moral, ofreces, en primer lugar, tu persistente ejemplo, como algo vivo; especialmente porque, desde hace tiempo, has tomado como ejemplo a ese hombre venerable, nombrado por decreto oficial, «Padre de su patria». Hablo del gran Cósimo, tu abuelo y mi patrono, un hombre que sobrepasaba a otros en prudencia, fiel para con Dios, justo y magnánimo hacia los hombres, de carácter templado, en extremo cuidadoso con su familia, y aún más vigilante para con los asuntos de estado; un hombre que no vivió sólo para sí mismo, sino para Dios y su país. De entre los hombres, ningún corazón fue más humilde y, sin embargo, más noble que el suyo. Lorenzo, discutí con él sobre filosofía de un modo extraordinariamente fructífero, durante más de doce años. Fue tan agudo en el debate como sabio y fuerte en el gobierno. Ciertamente, debo mucho a nuestro Platón, pero confieso que no debo menos a Cósimo. Porque Platón me presentó el concepto de las virtudes de una sola vez; Cósimo las practicaba todos los días.

No mencionaré ahora el resto de las buenas cualidades de este hombre. Cósimo era tan celoso y cuidadoso con su tiempo como Midas con el dinero Y aunque pasaba sus días con la mayor economía y reconocía el gran valor de cada hora, este hombre, que era cuidadoso con cada momento, a menudo deploraba las horas que había perdido. Finalmente, siguió el ejemplo del filósofo Solon, poniendo en práctica la filosofía de modo excelente y en la totalidad de su vida, incluso en los asuntos más críticos; poniéndola en práctica aún mejor cuando pasó de este mundo de sombras a la luz. Y, como tú sabes, pues estabas allí, poco después de que hubiera terminado de leer el libro de Platón sobre el origen de las cosas y el más alto bien, murió, como si en ese momento bebiera profundamente de ese bien del que había gustado en el debate.

Adiós, y del mismo modo que Dios creó a Cósimo como un modelo del universo, moldéate según el modelo de Cósimo. En verdad, has empezado a hacerlo así.

 

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