Luigi Valli y la Mujer-Sabiduría III

 

Tercera entrega del capítulo “La ‘Mujer-Sabiduría’ antes y fuera del dolce stil novo”, del libro El lenguaje secreto de Dante y de los “fieles de amor” de Luigi Valli.

En esta parte del capítulo, Valli indica brevemente el papel que tenía la mujer como símbolo de la Sabiduría dentro del gnosticismo.

Buena lectura.

 

Introducción

Parte 1 – La “Inteligencia activa”

 

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2. La mística “Sabiduría” pensada como mujer en el neoplatonismo y en el gnosticismo.

  

Hemos visto cómo ya en la rígida línea filosófica la Inteligencia activa fue pensada como mujer bastante antes de Dante y de la época de Dante, cómo fue pensado como amor la unión del intelecto posible con tal Inteligencia activa y cómo la poesía del dolce stil novo lleva signos inequívocos del hecho de que el amor que ella cantaba era, al menos algunas veces, justamente esta especie de amor intelectual.

Pero fuera de la corriente más rígidamente filosófica, en el campo místico-religioso, la doctrina de la Inteligencia pura y de la Sabiduría santa había tenido ya muchísimo desarrollo y también en este campo ella era ya desde hacía siglos personificada en una mujer. Entre los hebreos helenizantes fuertemente influenciados por Platón y los platónicos, se había difundido naturalmente la concepción de una Sabiduría divina vínculo entre Dios y el hombre, ser separado, como todas las ideas de Platón, sustancia pura y santísima, pensamiento divino a través del cual Dios había creado todas las cosas y que sólo a través de un rayo suyo se podía alcanzar a Dios.

Conocemos esta divina Sabiduría en todas sus diferentes manifestaciones. En la tradición neoplatónica ella se transforma en el Logos, hipóstasis del pensamiento divino que se preparaba a transformarse en el pensamiento cristiano en la segunda Persona de la Trinidad, luego que el cuarto Evangelio lo hubiera identificado con Cristo, afirmando que en el Cristo el Logos se había hecho carne.

En la confusa, difusa y multiforme tradición gnóstica ella reaparece a veces con el nombre de Ennoia o con el nombre de Sofía. Con uno y otro nombre tomaba la figura de una mujer y se tornaba heroína de sucesos dramáticos.

Ennoia era, según la doctrina que Ireneo[1] atribuye a Simón el Mago, una especie de Prima mens que conocía los planes del Padre y que generó a los ángeles y a los arcángeles, que a su vez crearon el mundo, y que fue aprisionada por ellos y atormentada. Ella se había encarnado a través de los siglos en distintos cuerpos de mujer, entre los cuales el de la Helena griega, y ahora estaba encerrada en el cuerpo de una pobre mujer que Simón el Mago había comprado en Tiro y que siempre llevaba consigo. Sofía aparece como persona o como Eón en muchas formas del gnosticismo, pero particularmente importante es aquél Canto nupcial de Sofía en el cual Bardaisan, el gnóstico valentiniano que vivió entre el segundo y tercer siglo, exaltaba con cálidas palabras y pequeños detalles esta divina Sofía en forma de mujer y de esposa.

 

 

La mia sposa è una figlia della luce,

essa ha la magnificenza dei re.

Altero e affascinante è il suo aspetto:

gentile e di pura bellezza adorno;

le sue vesti somigliano a bocciuoli

il cui profumo è fragrante e grato

……………………………………………

Essa pone veracità nella sua testa

e mulina la gioia ne’ suoi piedi.

La sua bocca è aperta: e ciò ben le si conviene

ché puri canti di lode con essa ella parla.

I dodici apostoli del figlio

e settantadue inneggiano in lei.

La sua lingua è la cortina della porta

che il sacerdote solleva ed entra.

……………………………………………

La sua stanza nuziale è luminosa

e del profumo della liberazione ripiena.

Incenso è posto nel suo mezzo

(consistente in) Amore e Fede

e Speranza e fa tutto odorante.

Dentro è la Verità in essa sparsa

le sue porte sono adorne di veracità.

I suoi paraninfi la circondano,

tutti quelli che essa ha invitato;

e le sue vergini compagne (con loro)

cantano innanzi a lei la lode2.

 

[Mi esposa es una hija de la luz, / y tiene la magnificencia de los reyes. / Su aspecto es elevado y fascinante: / gentil y adornada de pura belleza; / sus vestidos son como pimpollos / cuyo perfume es fragante y grato. / […] / Pone verdad en su cabeza / y pone alegría bajo sus pies. / Tiene su boca siempre abierta: y le conviene tanto / para cantar siempre puras canciones de alabanza. / La elogian los doce apóstoles del hijo / y los setenta y dos. / Su lengua es el velo de la puerta / que el sacerdote levanta para ingresar [al Templo]. / […]  /  Su cámara nupcial es luminosa / y plena del perfume de liberación. / En el centro hay incienso / (que consiste en) Amor, Fe / y Esperanza y lo perfuma todo. / Dentro suyo está esparcida la Verdad / y sus puertas están adornadas de veracidad. / La rodean sus cortejos, / aquellos que invitó; / y sus vírgenes compañeras  / cantan delante suyo su alabanza.][2] 

Y así termina diciendo, con imágenes similares, que los vivientes aguardan la llegada de su esposo para entrar en la eterna beatitud, porque ambos “han bebido del agua viva imperecedera que les quita la sed” y concluye: “Dad gracias al espíritu por su Sabiduría”.

El mito de Sofía (la Sabiduría personificada) era, como se sabe, el centro de la cosmogonía en la doctrina de los valentinianos. Era una especie de alma del mundo, mediadora entre la parte superior y la parte inferior del mundo y (al igual que la Inteligencia activa) proyectaba en el cosmos los tipos y las ideas del Pleroma[3]. Según Hipólito, había cometido la falta de querer imitar al Padre en su crear y de esta falta suya derivaba la creación imperfecta del mundo. Cristo fue creado justamente para redimirla y con su redención sanar el mundo imperfecto creado por ella.

En el Pistis Sofía ella es el decimotercer Eón que, por orden del Primer Misterio, miró hacia las alturas y deseó ascender más allá de sus fuerzas: de allí su caída, su sufrimiento, su arrepentimiento, su nostalgia de la luz percibida, que permanece en ella durante su exilio, su purificación, su redención triunfal, que finaliza con el hecho de aplastar bajo sus pies al basilisco de siete cabezas[4].

No es mi intención seguir las distintas manifestaciones que la Sabiduría personificada en mujer tuvo en el gnosticismo ni profundizar qué relaciones pudieron legar los avances del movimiento gnóstico al movimiento de los “Fieles de Amor”. Me limito a constatar que la personificación de la Sabiduría santa en mujer era cosa muy común en todos los ambientes místicos y de derivación más o menos directamente neo-platónica, tanto en Oriente como en Occidente.  

 

 (continuará)

 


[1] Adversus haereses, I. 23.

[2] Véase Buonaiuti, Lo gnosticismo, Roma 1907, p. 187 y ss.

[3] El Pleroma era el conjunto de los Eones, es decir de los entes supremos, que era la hipóstasis de las ideas supremas.

[4] Mead, Frammenti di una fede dimenticata, Milano 1909, pp. 344-48.

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Por qué nuestros blogs no son populares

 

El título sólo repite algo que es un hecho: basta ver la cantidad de comentarios que nos dejan en cada uno de nuestros posts para corroborarlo. Pero nos gusta reflexionar al respecto, porque tal vez, y aquí algunos van a pensar que es una autojustificación, y tal vez lo sea; porque tal vez, decía, se pueda además de autojustificarnos ver un poco más allá de las apariencias. 

Nuestro blog busca atenerse siempre a lo que algunos dan en llamar las doctrinas tradicionales. Su comienzo, hace ya algunos años (y nos sorprende que hayamos tenido la constancia (¿?) de haber llegado hasta aquí), había sido la de divertirnos con un juguete nuevo, tal vez puntualizar algún pensamiento que nos surgía frente al espectáculo del mundo, y luego poco a poco fue haciéndose un “lusus serius”, un juego serio. Muchas veces, por cuestiones personales que tal vez no se reflejaron en el blog, pero que sin embargo allí estuvieron, avanzamos al borde de ciertas crisis de momificación, esto es, que los temas tratados nos superaban, y ante el terror del espacio en blanco (decir “papel” en esta situación estaría fuera de lugar)  preferimos, hasta hoy, dejar que otros hablaran por nosotros, esos otros tan queridos por mí y por los fieles seguidores de este espacio: hablo de los Autores que nos acompañan siempre, como fieles lazarillos.

Decíamos que Baldanders busca mantenerse dentro de la línea de lo tradicional, y por eso mismo siempre corre el riesgo de la momificación recién citada. Y es justamente este mantenerse dentro de ciertas líneas lo que hace tan impopular esta clase de blogs. Los blogs, por su propia naturaleza, buscan la novedad, lo último, le dernier cri de la moda, el escándalo. Los temas que tratamos en Baldanders, en cambio, y por su propia naturaleza, no son novedad, no aportan nada nuevo, no escandalizan a nadie, no gritan…

Al comienzo de estas breves reflexiones también hablamos de cantidad de comentarios. De más está decir que no buscamos ninguna cantidad de nada. No nos interesa. Dentro de nuestras posibilidades (los lectores juzgarán en qué grado esto se logra) ponemos siempre en juego la calidad del producto, es decir, de lo producido con más o menos esfuerzo, pero siempre con placer, ese placer intelectual (en el verdadero sentido de la palabra) que está tan lejos de lo que hoy por hoy se entiende por la palabra “placer”, y que para nosotros nunca es “demasiado”, porque está fuera de la cantidad y no se puede medir con sus propios parámetros.

Pero basta.

Estas palabras no son más que breves reflexiones en el camino, frente a una  encrucijada que nos lleva, como todas las encrucijadas, a preguntarnos a nosotros mismos dónde estamos parados, a mirar el camino recorrido y sin saber adónde nos llevará cualquiera de los caminos que tomemos de aquí en más. Sólo basta confiar en nuestro guía, que con sus pies alados, nos lleva siempre hacia nuestra propia meta.

 

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Luigi Valli y la Mujer-Sabiduría II

 

Continuamos con la traducción de la primera parte del capítulo “La ‘Mujer-Sabiduría’ antes y fuera del dolce stil novo”, extraído del libro de Luigi Valli El lenguaje secreto de Dante y de los “fieles de amor”, capítulo del que ya habíamos dado la introducción.

En esta primera parte el autor explica qué entendían por Inteligencia activa los filósofos aristotélicos, sobre todo Averroes y luego los escolásticos, y cómo esta idea se relaciona con la Ma-donna (Señora) a la que cantaban los Fieles de Amor.

 

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1. La “Inteligencia activa” y su representación como mujer amada.

 

Respecto a este tema no puedo hacer más que utilizar los capítulos VII, VIII y X del admirable libro de Francesco Perez La Beatriz desvelada. Esto podrá mostrar mejor que nosotros, los llamados locos fantasiosos buscadores de alegorías y secretos, caminamos con paso lento pero regular desde hace más de un siglo uno detrás de otro, mientras los filólogos positivos perdidos detrás de las minucias de las palabras y detrás de la falsa autoridad de los antiguos comentadores (quienes eran o demasiado ignorantes para conocer bien aquello que decían o demasiado astutos para decirlo), se dispersaban siguiendo las más fantásticas y contradictorias realidades siempre impalpables.

Perez expuso y demostró la tesis de que la Beatriz de la “Vida Nueva” se identifica con la Inteligencia activa o Sabiduría. Pero erró, a mi modo de ver, al detenerse en esta identificación y no percibir que los argumentos que valían para Beatriz valían perfectamente para las otras mujeres de los “Fieles de Amor” similares a Beatriz en todo y por todo y que, como Vanna de Guido Cavalcanti, paseaban con ella y eran de su misma naturaleza. Pero veamos un poco qué cosa es esta Inteligencia activa y cuándo, dónde y cómo toma forma de mujer.

Partiendo del concepto platónico de que las ideas tienen una realidad propia separada de los objetos y separada del intelecto, Aristóteles y los peripatéticos se plantearon el problema de cómo el intelecto pueda alcanzar las ideas, reales, inmutables, que no caen bajo los sentidos. Aristóteles mismo había pensado en el intelecto un principio que fuera cuasi receptáculo y espejo de las ideas universales, es decir que tuviera la posibilidad de comprender estas ideas, de reflejarlas, de pensarlas. Él dice que la naturaleza de este principio es justamente el de ser posible[1]. De aquí derivó, especialmente a través de las escuelas alejandrinas y árabes, la designación de intelecto posible dada al principio intelectual en cuanto tiene la posibilidad de reflejar las ideas universales desprovistas de toda mezcla de particular y concreto[2].

Pero Aristóteles ya había indicado el hecho de que, si el intelecto posible refleja las ideas del mismo modo que el ojo ve las cosas y que el espejo refleja las imágenes, debe existir un principio activo que sea al intelecto posible como la luz es al ojo o al espejo, un principio a través del cual la simple posibilidad de conocer, que constituye el intelecto posible, devenga en acto. Y este principio se convirtió en lo que se llama Inteligencia activa o Intelecto activo

Esta Inteligencia activa es al intelecto posible como la forma a la materia, como la pintura al lienzo, como la luz al ojo: es aquello que da el ser al intelecto en cuanto lo pone en acto. Las ideas universales inteligibles son reflejadas en el intelecto pasivo sólo por obra de la Inteligencia activa, como los objetos en el ojo por obra de la luz. Ella es por tanto “la luz de la mente”, est quasi lux: lux enim quoquomodo etiam facit colores, qui sunt in potentia, colores in actu. Ella revela las ideas eternas[3]. “Esta inteligencia, universal, única, iluminadora de las mentes humanas, es separada, extrínseca, inmortal, perpetua”[4]. “El entender a través de ella es la máxima beatitud a la que el hombre pueda aspirar, y lo convierte, más que en hombre, en divino”[5]. “Ella es principio de toda unidad reduciendo lo múltiple al Uno: es la rectitud misma”[6].

La doctrina de la Inteligencia activa se desarrolló ampliamente en diferentes escuelas, ya sean puramente filosóficas, o místico-religiosas. En la línea más rígidamente filosófica se desarrolló sobre todo entre los aristotélicos árabes. Averroes, comentando a Aristóteles, había dicho que, de la misma manera que en cada ente sensible concuerdan dos elementos: la materia (posibilidad) y la forma (acto); así en el ser intelectivo concuerdan: por un lado el intelecto posible o material, por el otro la inteligencia activa o formal. La tendencia natural de aquél elemento que representaba la materia era la de  unirse con su forma, es decir, adquirir existencia en acto

Esta tendencia de toda materia a tomar la forma a ella destinada, fue muchas veces considerada metafóricamente por los escolásticos como amor. Acto de amor era simbólicamente la unión de la potencia con la inteligencia, de la materia con la forma. Y al acto de amor viene asimilada por tanto la tendencia del intelecto posible a unirse con la inteligencia activa, a convertirse en Sabiduría en acto[7].

Los escolásticos llamaban incluso copulatio a la unión del intelecto posible con la inteligencia activa. Y Averroes dice: “Intellectus duplicem nobiscum habet copulationem”. – “Intellectus in potentia per copulationem cum intellectu agente, intellgendo ipsum, intelligit res abstractas omnes”. – “Intelligere est valde voluptuosum[8]. Y existe incluso un opúsculo de Averroes que tiene por título: De la beatitud del alma y del matrimonio de la Inteligencia abstracta con el hombre, que comienza así: “Tratando de este nobilísimo tema, es mi intención aclarar la máxima beatitud del ánimo humano en su suprema ascensión. Y diciendo ascensión entiendo su perfeccionarse y ennoblecerse de modo que se una con la Inteligencia abstracta, y de tal modo se una a ella que se vuelva uno con ella; y este sin dudas es el supremo grado de su ascensión”[9].

En el comentario a la Metafísica la representación de la unión con la Inteligencia activa como amor se vuelve aún más precisa, y escribe: “Es opinión de Aristóteles que la forma de los hombres en cuanto que hombres no es otra cosa que su unión con la Inteligencia, la cual él demuestra, en su De Anima, ser nuestro principio agente o moviente. Ahora bien las inteligencias abstractas por dos modos son principio de aquello de lo que son principio, es decir, según que son movientes o según que son fin. La inteligencia activa, en cuanto es abstracta y es nuestro principio es ineludible que nos mueva como la amada mueve al amante: y si toda cosa movida es necesario que se una a aquella que es su causa final y que la mueve, necesario es que finalmente nos unamos a tal inteligencia abstracta aunque en nosotros acontezca por breve tiempo como dice Aristóteles”[10].

De esta “Inteligencia universal” o “Inteligencia activa” habla largamente también toda la escuela tomista diciendo que “el Intelecto posible nada entendería si la Inteligencia activa no iluminara los inteligibles y con ellos a sí mismo elevándose al grado de intelecto especulativo. La repetición y el uso de este modo de entender hace que se vaya asimilando cada vez más a la inteligencia universal, tanto como para tomar su propia forma de modo permanente y durable, como lo diáfano (transparente) la toma de la luz[11]

Esta última idea es particularmente valiosa para entender el misterio de la poesía de amor y comprender cómo bajo sus fórmulas se celebrase justamente esta unión con la suprema inteligencia en la cual el amante se fusionaba con la amada, y terminaba diciendo como Cecco d’Ascoli: “yo soy ella”.

Los escolásticos, por tanto, hablaban de este penetrar que la Inteligencia activa hace en el intelecto posible asimilándolo al penetrar de la luz en el objeto diáfano. Pues bien, Guido Cavalcanti, explicando de dónde viene el amor, usaba justamente la misma fórmula y agregaba que el Amor nace de una “forma que toma lugar y morada en el intelecto posible como en su propio sujeto” y que por tanto, agregamos nosotros, no puede ser otra que la Inteligencia activa, ya que el intelecto posible es el sujeto propio y único de la Inteligencia activa.

 

Amore…

 

In quella parte dove sta memora

prende suo stato si formato come

diaffan da lume… 

Vien da veduta forma che s’intende

che prende nel possibile intelletto

come in subieto loco e dimoranza

 

[Amor… Toma su lugar en esa parte donde habita la memoria, y es (in)formado del mismo modo como lo transparente toma la forma de la luz… Proviene de una forma vista, entendible, que toma lugar y morada en el intelecto posible como en su sujeto.]

 

Por tanto Guido, que es el líder de los “Fieles de Amor”, que es “el único que ve al amor” según Gianni Alfani, al explicar qué cosa es el amor, dice que viene de una forma que “toma lugar en el intelecto posible como en su sujeto”. Pero ¿no viene a decir con esto directamente que esa es la unión del intelecto posible con la Inteligencia activa?

Dice que viene [in]formado como lo diáfano por la luz. ¿No son las mismas palabras con las cuales se designaba en la filosofía la unión del intelecto posible con la Inteligencia activa, unión que era ya pensada como amor, como voluptas, incluso como copulatio? Y todo aquél complicado doctrinarismo de la poesía de Guido Cavalcanti de la que proceden estos versos ¿no demuestra del modo más evidente que aquí se habla de filosofía mística y no de amor por una mujer? Releeremos esta canción y veremos que de amor no hay ni siquiera un solo rastro. Y cuando otro compañero de amores de Guido y de Dante, nos referimos a Dino Compagni, escribe incluso un poema sobre “La amorosa Señora Inteligencia que fija en el alma su residencia” y dice que ella llega hasta el Empíreo, que da poder sobre todo lo que se ama, que atrae el alma de la guerra y así por el estilo, ¿debemos pensar que fantaseaba por su cuenta como un idiota, o que retomaba el motivo bien conocido y comprendido por todos de la Mujer-Inteligencia que en Dante se llama Mujer-Sabiduría? Y cuando encontramos a todas esas mujeres sabias y a Beatriz junto a la fuente de enseñanza, ¿debemos creer que tenemos delante a esta o aquella mujer, o más bien pensar siempre y únicamente en la amorosa Señora Inteligencia?

 

(continuará)


[1] De Anima, libro III, cap. 1, texto 5.

[2] Perez, Op. cit., p. 146.

[3] Aristóteles, De Anima, cap. III, texto 17, 18; cap. II, texto 14 y passim. – Perez, Op. cit, p. 147.

[4] Aristóteles, De Anima, cap. III, texto 19, 20.

[5] Metaphisica, libro XII.

[6] De Anima, libro I, cap. I, texto 47; libro III, cap. III, texto 22 y texto 51. Véase Perez, Op. cit., p. 148.

[7] Perez, Op. cit., cap. XI.

[8] Perez, Op. cit., p. 220 y ss.

[9] Perez, Op. cit., p. 221.

[10] Averroes: Comm. in Metaph., XII, cap. II, co. 38, car. 339, I y V. (Perez, Op. cit., p. 222).

[11] Perez, Op. cit., p. 192.