Impedimentos y equívocos en la búsqueda de una vía iniciática (parte 3)

III

Vivir y Morir

 

Existe además otro tipo de equívoco, análogo a argumentaciones de este tipo: antes de pensar en la vía iniciática se debe vivir la vida humana en este mundo; si con la iniciación se busca afrontar la “muerte iniciática”, y si esta, muy lejos de ser sólo “simbólica”, es aún mucho más real y radical que la muerte física[i], entonces primero hay que estar listo para morir, y para esto habría que haber vivido ya lo suficiente, al menos lo necesario como para consumar el propio bagaje de ilusiones.

En realidad, razonar de esta manera es ya un signo de falta de aspiración iniciática, o del hecho de que ella no está lo suficientemente madura, y no viene al caso oponerse a esta constatación. Lo que se debe hacer en este caso es buscar aclarar los malos entendidos que se esconden en ese razonamiento que puede aparecer, bajo cierto aspecto, justificado.

Si por vivir en este mundo se entiende el deseo de participar en la corriente del ambiente profano, habría que ser conciente de lo que esto puede comportar para la propia individualidad, en el sentido de un desarrollo indefinido de determinaciones y de lazos que de por sí no conducen de hecho al agotamiento de las ilusiones, y se corre el riesgo de producir más bien una multiplicación de barreras siempre más difíciles de superar.

En cuanto a la verdadera importancia de la muerte iniciática, es correcto tenerla presente y ser conciente de ella, aunque necesariamente sea sólo de manera teórica, antes de asumir el compromiso de una iniciación; no habría por tanto nada de extraño si de ello se derivara la conclusión de que en el fondo no corresponde a la propia real aspiración, al menos en el momento presente; y se podría agregar que precisamente por corresponder a este tipo de situación humana existen y se difunden las religiones en el mundo, con posibilidades de adhesión a formas exotéricas de la tradición tales de garantizar la salvación individual.[ii]

Al mismo tiempo, sin embargo, hay que tener presente que, aún siendo la esencia de la iniciación siempre idéntica y estar más allá de las formas, asume modalidades muy distintas que comportan, para quien se acerca a ellas, distinciones muy relevantes.

En ese sentido, indiquemos sólo la distinción general entre los “grandes misterios” y los “pequeños misterios” que se subordinan a ellos: “El conocimiento de los ‘pequeños misterios’, que es el conocimiento de las leyes del devenir, se obtiene recorriendo la ‘rueda de las cosas’; pero el conocimiento de los ‘grandes misterios’, que es el de los principios inmutables, exige la contemplación inmóvil en la ‘gran soledad’, en el punto fijo que es el centro de la rueda, en el polo invariable en torno al cual se cumplen, sin que él participe de ellas, las revoluciones del Universo manifestado”[iii]. Respecto a las condiciones preliminares requeridas, recordamos que existen vías iniciáticas que presuponen indispensable el desprendimiento de este mundo e incluso de los mundos superiores, con la advertencia de consecuencias catastróficas para quien se haya ligado a ella sin respetar tal presupuesto[iv]; y existen vías graduales que, con métodos diversos toman como punto de partida la individualidad del iniciado tal cual es, con sus vínculos naturales y necesidades de este mundo, y, si existen las cualificaciones adecuadas, son susceptibles de englobar y ordenar toda su vida (comenzando por un necesario trabajo de purificación). De este modo, el ciclo de existencia terrestre podrá ser cualificado y orientado al cumplimiento integral de las posibilidades humanas[v], ciertamente no alcanzables mediante un desarrollo indefinido, sino con el sacrificio[vi] de la individualidad, indispensable para conducir en el sentido más pleno a la efectiva “muerte iniciática”[vii], a su vez presupuesto de toda realización  supra-individual.

(continuará)

Giovanni Ponte

[i] Cfr. René Guénon, Aperçus sur l’Initiation, cap. XXVI, De la mort initiatique (véase la traducción en el número 53 de esta revista).

[ii] Naturalmente, expresamos esta consideración de modo totalmente general, quedando por tanto el ver de modo específico si se tata de formas religiosas auténticas, cuáles serían las consecuencias de eventuales degeneraciones, y cuáles serían las condiciones de eficacia a las que se deberá atener en los casos particulares.

[iii] Cfr. las conclusiones del artículo de René Guénon, A propos de Pèlerinages, traducido en el número 54-55 de esta revista; sobre este tema, cfr. también Aperçus sur l’Initiation, cap. XXXIX, Grands mystères et petits mystères, traducido en el número 37 de esta revista. Por supuesto, estas consideraciones respecto a la naturaleza intrínseca de la iniciación son del todo independientes de las situaciones de hecho que se verifican en organizaciones iniciáticas disminuidas o desviadas.

[iv] Nos referimos en particular a las advertencias explícitas de Sri Sankaracharya y de otros textos tradicionales a propósito de la “vía directa” del Vedanta: sobre este tema, remitimos a las citas del Viveka-chuda-mani contenidas en el artículo Questioni pratiche, en el número 13 de esta revista, pp. 169-171 [Ver versión en español].

[v] A tal fin, se comprenderá la importancia de vincularse a una forma iniciática apropiada, a la cual la individualidad se pueda conformar. Además, bajo este aspecto y con el presupuesto de una preparación adecuada, es sin dudas preferible que la vinculación se produzca cuanto antes respecto a la edad del aspirante a la iniciación (se sabe que para tomar aprendices en la antigua masonería operativa, en condiciones muy diferentes de las actuales, se hablaba del período entre los 14 y los 21 años de edad): inevitablemente, esto ayuda de hecho a operar con una individualidad más fácilmente o menos difícilmente maleable, además de corresponder a la advertencia “Ars longa, Vita brevis”; y a la exigencia de no descuidar posibilidades que, en el continuo mutar de las circunstancias del mundo actual, podrían no volver a presentarse más adelante.

[vi] Se puede naturalmente recordar, respecto a esto, además del sentido comúnmente dado a la palabra sacrificio, su significado etimológico de “sacrum facere”, “hacer sagrado”, con implicaciones de carácter simbólico y ritual y con una consecuente participación en un orden superior de realidad.

[vii] Este sentido más pleno es justamente aquél de la “segunda muerte”, la “muerte psíquica” que señala el paso a la “resurrección” en el dominio de la espiritualidad. Se puede observar, por otro lado, que, antes que eso, cada cambio de estado comporta una “muerte” relativa respecto a las siguientes; por lo que al concepto de vía iniciática gradual corresponde lógicamente también una gradualidad de “muertes” progresivas, como preparación a la superación del estado humano (cfr. Rivista di Studi Tradizionali, n. 53, pp. 66-69).

 

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