Impedimentos y equívocos en la búsqueda de una vía iniciática (parte 4, y última)

IV

La gran discrepancia

 

En general, aquellos que a consecuencia de la obra de Guénon están interesados en una búsqueda iniciática parecen llevados demasiado a menudo a ilusionarse sobre sus posibilidades y a valorar excesivamente sus cualificaciones más que a infravalorarlas.

Esto está naturalmente ligado al punto de vista individual de cada uno. Pero existe también el caso contrario, en el que, al menos en ciertos momentos y por ciertos aspectos, tiende a disminuir sus posibilidades; e incluso este hecho puede disimular en el fondo un equívoco instrumental para no afrontar ciertas cosas, para las cuales por lo demás puede darse que no se esté preparado. Eso no quita que sea oportuno aclarar ciertos malos entendidos al respecto, bastante fáciles en las condiciones actuales.

El hecho es que el contacto con la obra de Guénon es susceptible de despertar una respuesta de una profundidad inesperada e impresionante, la cual sin embargo se encuentra al menos al comienzo en coexistencia con inclinaciones y aspectos individuales del todo heterogéneos y contrastantes. Sin duda es necesario y útil ser de alguna manera conciente de ello; pero eso puede también llevar a veces a desequilibrios excesivos, a los cuales luego se pueden superponer formas de “autodefensa” y de descuido del género de aquellos que indicamos anteriormente.

En este sentido, es importante comprender una situación general en la que la heterogeneidad difícil de coordinar de los aspectos individuales es no sólo posible, sino por lo demás conforme a la naturaleza de las cosas en esta fase final del ciclo de manifestación de la presente humanidad. Se puede aplicar en este contexto la concepción ya mencionada de la correspondencia que existe entre el hombre y el ambiente, en una relación íntima y cualitativa que va mucho más allá de lo que es visible según las simples apariencias de la “vida ordinaria”. Así, mientras la condición primordial de “hombre verdadero”, “pasivo en relación al Cielo y activo en relación a la Tierra”, implica por sí misma la efectiva capacidad de determinar y ordenar todo el mundo terrestre[i], las diversas fases de alejamiento de esa condición han tenido su contrapartida inmediata en las diversas fases de modificación del ambiente. Justamente a esta modificación general corresponde además el hecho de que las individualidades de los hombres se han “solidificado” de forma siempre más separativa en la modalidad corpórea, hasta encontrarse finalmente empujadas hacia la disolución[ii]. Sólo recordamos estos aspectos característicos del mundo actual, que por lo demás asumen formas muy diferentes en los casos individuales; y en este cuadro general se puede decir que cada uno se encuentra a su modo llevando la carga de los condicionamientos que se han acumulado hasta el presente a través de todo el desarrollo cíclico de la humanidad: una suerte de enfermedad cósmica heredada y agudizada por tantos síntomas en estos últimos tiempos.

Tomar conciencia de esta “enfermedad cósmica” y de las formas que de ella son discernibles en la propia individualidad no debería sin embargo inducir al desaliento, sino que debería más bien suscitar la exigencia urgente de una “sanación” correspondiente[iii].

Sin dudas los síntomas de esta “enfermedad cósmica” pueden ser más o menos graves en cada caso; los defectos pueden ser más o menos irremediables, las contradicciones más o menos arduas de resolver, las dispersiones más o menos difíciles de reconducir a la unificación y los desequilibrios más o menos determinados (tanto de ser a menudo de hecho verdaderas descalificaciones para una u otra vía iniciática, según un juicio que por lo demás no corresponde a quien sea extraño a ella). Pero de algún modo todavía más fundamental que los síntomas de la “enfermedad” a curar es el sentido atribuido a la “sanación” que, en definitiva, se aspira a obtener, y que puede ser entendida con significados y a niveles muy diversos. De esto depende todo el camino a recorrer y el modo de afrontarlo, y respecto a esto no debería haber equívocos.

Ahora, para la doctrina tradicional integral expuesta por René Guénon y para quien se ha adherido a ella, cualquiera que fuesen las dificultades, el peso de los condicionamientos del propio punto de partida y la distancia de la vía a recorrer paso a paso en el campo relativo de las contingencias, no se trata sólo de la “sanación” de determinadas condiciones desfavorables, como las de nuestra época, o de todo el “kali yuga”, o de alguna otra condición específica: se trata de la “sanación” total de la separatividad de la manifestación, o, para expresarnos más simplemente, de la “cura” de la existencia: no por nada en el esoterismo islámico se dice que la existencia es un “pecado” al cual ningún otro puede ser comparado.

Recordamos esta expresión sólo en forma alusiva, sin pretender formular aquí la concepción metafísica implícita en ella[iv]; agreguemos solamente que se trata de una concepción de la Verdad tal que, cuando un ser se haya despertado a ella, no podrá reconocer más ninguna otra realidad y ninguna otra meta como absoluta y definitiva, cualquiera que fueran sus barreras e ilusiones provisorias.

Se podrá tal vez quedar sorprendido de entrever la gran discrepancia entre la concepción metafísica y los vínculos de las propias características individuales de occidental en el umbral del año 2000 (aún si en realidad, por la propia constitución profunda, no se reduzca a ser parte de los “hombres modernos”)[v]; pero una vez que haya surgido una comprensión real respecto a ello, no se la podrá ignorar más, y aquella “gran discrepancia” deberá ser simplemente afrontada. Se puede decir entonces que cuanto más estrechos son los condicionamientos, los vínculos afectivos y los lazos que vinculan a la dispersión de la propia individualidad, tanto más larga y difícil aparecerá la vía a recorrer y tanto mayores serán los esfuerzos requeridos[vi]; pero esto no quita nada a la exigencia que aquí se trata.

En la conclusión de “Oriente y Occidente” René Guénon escribía que “cuando son asimiladas ciertas verdades no se puede perderlas más de vista ni evitar aceptar todas las consecuencias; existen obligaciones inherentes a cada verdadero conocimiento, frente a los cuales todos los asuntos exteriores aparecen vanos y ridículos; tales obligaciones, justamente por ser puramente interiores, son las únicas que no se pueden eludir jamás”[vii]. Estas consideraciones, atribuibles a diferentes grados de conocimiento, encuentran sin dudas también una aplicación para cada uno de aquellos que han reconocido interiormente una efectiva adhesión a la doctrina tradicional que han encontrado expuesta en la obra de Guénon. En el mismo pasaje, se hablaba de una “tarea ardua y no exenta de contrariedades”, pero afirmaba también claramente cuál es el poder inherente en la verdad, y ciertamente sus afirmaciones al respecto valen para cada uno exactamente en la medida en la que se adhiera efectivamente a ella y mantenga tal adhesión: “Cuando se tiene de la propia parte el poder la verdad, aún cuando no se posea nada más frente a los obstáculos más temibles, no se puede ceder al desaliento porque este poder es tal que nada logrará prevalecer sobre él: sólo pueden dudar aquellos que no saben que todos los desequilibrios parciales y transitorios deben necesariamente concurrir al gran equilibrio total del Universo”.

 

Giovanni Ponte

 


[i] Sobre este tema remitimos al libro de Guénon La Grande Triade.

[ii] Como se sabe, estos argumentos se encuentran ampliamente expuestos en el trabajo de Guénon Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps.

[iii] En este sentido, es interesante notar que la parte de la vía iniciática que conduce al restablecimiento del “estado primordial” puede ser representada como una “vuelta a subir” por todo el ciclo de desarrollo de la humanidad, hasta llegar a su origen.

[iv] Obviamente, la referencia alusiva de la que nos servimos podría también suscitar otros equívocos; en este sentido, podríamos por ejemplo remitir, además de a la obra de Guénon, a los textos tradicionales en curso de publicación en esta revista, como el del esoterismo islámico sobre la “pobreza” que se encuentra en este mismo número, o el “Tratado de la Unidad” (publicado en los números 7 y 8), y aquellos que exponen la doctrina del Advaita-Vedanta.

[v] Recordamos en este sentido estas importantes precisiones de René Guénon: “El ‘hombre moderno’ en verdad no es apto para recibir una iniciación, o por lo menos para lograr una iniciación efectiva; pero debemos agregar que existen aún excepciones, y esto es porque, a pesar de todo, existen actualmente, incluso en Occidente, hombres que, por su ‘constitución interior’, no son ‘hombres modernos’, que son capaces de comprender qué es esencialmente la tradición, y que no aceptan considerar el error profano como un ‘hecho consumado’; y es exclusivamente a estos a los que hemos siempre entendido dirigirnos” (Métaphysique et Dialectique, II cap. de Initiation et Réalization spirituelle).

[vi] Además, es importante observar, bajo otro aspecto, que la discrepancia entre la relatividad de la existencia ilusoria y la Verdad es siempre inconmensurable cualquiera sea el punto de partida, no existiendo medida común entre ambos términos; mientras que desde un punto de vista todavía más verdadero y definitivo no ha habido jamás una real separación.

[vii] Orient et Occident pp. 227-228 (247-248 de la traducción italiana).

 

.·.

 

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