Luigi Valli y la Mujer-Sabiduría V

En esta ocasión el capítulo apunta a la interpretación de la doble vía, activa y contemplativa, que la tradición eclesiástica incorporó a partir de San Agustín personificadas en las hijas de Labán: Lía y Raquel.

Hasta la próxima.

M.

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4. “Raquel-Sabiduría” y el amor de Jacob según San Agustín.

Mientras la idea aristotélica de Inteligencia activa se difundía bajo aspectos propiamente filosóficos o netamente místicos tanto en el campo ortodoxo como en el menos ortodoxo, en todos ellos tendiendo a personificarla fácilmente en la mujer amada, la interpretación simbólica dada por San Agustín a los libros sacros retomaba en forma bastante diferente la idea de personificar no en una mujer abstracta, sino más bien en un determinado personaje de la Historia Sagrada, en Raquel,la “Sabiduría que ve a Dios”. Esta idea-personaje platónica reaparecía así en forma nueva e incluso más definida en el ámbito de la ortodoxia.

La exposición completa de la doctrina de Raquel-Sabiduría de San Agustín se encuentra en su obra Contra Faustum, en la que Pascoli reconoció con razón una de las fuentes principales de la Divina Comedia. Pero antes de hablar de ello veamos cómo concibe San Agustín esta Sabiduría. La concibe justamente a la manera de los platónicos: coincide con Plotino en muchos puntos y escribe: “Tampoco éstos (los platónicos) ponen en duda la imposibilidad de que un alma racional sea sabia sin participar en aquella inconmutable Sabiduría. Y nosotros no sólo concedemos que exista una suprema Sabiduría Divina en la que sólo participando se pueda ser verdadero Sabio, sino que principalmente lo afirmamos[i].

Para Agustín la razón está a la cabeza de la parte inferior del alma compuesta de sentido, memoria y pensamiento, pero el intelecto está a la cabeza de la parte más elevada, la que conoce las ideas eternas que son la inmutable razón de las cosas[ii]. A la primera le corresponde la ciencia, que conoce, para usarlas correctamente, las cosas terrenas y corruptibles, y su finalidad es la vida activa; a la segunda le pertenece la Sabiduría o conocimiento de aquello que es absoluto e inmutable y su finalidad es la beatitud de la vida contemplativa. “Pero”, dijo San Pablo, “a algunos seres el mismo Espíritu les concede la palabra de Ciencia, y a otros la de Sabiduría; y cuánto sea ésta última desmesuradamente preferible a la otra es fácil juzgarlo”[iii].

Recuerde el lector esta “Sabiduría” desmesuradamente preferible a la “Ciencia” y estará preparado a entender el conflicto tan vivo en la últimas páginas de la Vita Nova y en las primeras del Convivio entre Beatrice que es Sabiduría y la Dama Gentil que es Ciencia, es decir, Filosofía racional contrapuesta a la Sabiduría mística que es intuición y revelación de lo eterno.

San Agustín define así la Sabiduría: “Aunque individuales y múltiples las mentes humanas, son una como la Inteligencia a la que todas aspiran y en las que todas participan – ella es como la luz del sol, que, permaneciendo una en sí, se multiplica en tantos ojos cuantos la miran”[iv].

“Esta Inteligencia o Sabiduría, es la imagen o verbo de Dios. La mente humana no es capaz de participar en ella si no cuando, elevándose de la región de los sentidos, se purga y purifica. Solo entonces la mente obtiene el principado del hombre. Solamente por ella la especie humana excede todo aquello que existe sobre la tierra[v].

Considere el lector estas palabras y las recuerde. Considérelas y verá cómo esta Sabiduría santa agustiniana, ortodoxa, se asemeja perfectamente al intelecto activo de los filósofos paganos; recuerde cómo esta inteligencia “permaneciendo una en sí, se multiplica en tantos ojos cuantos la miran” y ya no se sorprenderá que una mujer única y mística, permaneciendo una en sí, se haya multiplicado con varios nombres en los escritos místicos de los poetas, siendo Beatrice para Dante, como Raquel para Jacob y así para los demás, llamándose Vanna para Guido Cavalcanti y Lagia para Lapo Gianni. Recuerde finalmente el lector la frase agustiniana según la cual sólo por la Sabiduría “la especie humana excede todo aquello que existe sobre la tierra” y la encontrará tal cual en la invocación de Virgilio a Beatrice:

O donna di virtù sola per cui

l’umana spezie eccede ogni contento

da quel ciel che ha minor li cerchi sui.[vi]

Oh mujer virtuosa, la única por la cual la especie humana supera a cuanto se contiene bajo la esfera menor del cielo!]

Pascoli[vii] exhumó del Contra Faustum (XX, 52-58) de San Agustín la doctrina mística referida a Raquel-Sabiduría. Lía y Raquel son las dos vidas mostradas a nosotros en el cuerpo de Cristo: la temporal del trabajo, la eterna de la contemplación…Lía quiere significar laborans, Raquel Visum principium (nótese bien que la Inteligencia activa es justamente la que contempla los principios, las ideas eternas de las cosas y que Beatrice en la Vita Nova “parecía que dijera ‘yo veo el principio de la Paz’”) Lía tiene los ojos legañosos, defectuosos, porque la vida activa es laboriosa e incierta y porque “los pensamientos de los mortales son tímidos e inciertas sus previsiones”. Raquel, por el contrario, es “la Esperanza de la eterna contemplación de Dios, que posee encantadora y certera inteligencia de la verdad”.

Todo estudiante piadoso ama a Raquel y a través de ella sirve a la Gracia de Dios que le otorga la purificación (dealbatio).

Sin embargo quien sirve a la Gracia no busca la Justicia (en la que se reúnen las virtudes de la vida activa), no busca a Lía, sino que desea “vivir en la paz del Verbo”, es decir, busca a Raquel.

De esta manera Jacob sirve a Labán (que significa dealbatio) no por Lía, sino por Raquel. Pero, después de su largo servicio, cuando creía haber obtenido a Raquel, obtuvo por el contrario a Lía y la toleró aún sin poder amarla y la quiso por los hijos que ella le dio, y sirvió otros siete años para poder obtener a Raquel. Así todo útil servidor de Dios, obtenida la gracia del emblanquecimiento (dealbationis) de sus pecados, en su conversión no es privado de otro amor que el de la “doctrina de la Sabiduría” (Raquel).

Omito la oportunas deducciones de Pascoli sobre este pasaje y los siguientes para la correcta interpretación de la Comedia, en la cual Dante alcanza a Raquel (Beatrice) después de siete y siete círculos en lugar de siete y siete años y tiene la visión de la actividad de Lía que en Matelda se vuelve incluso vidente, hasta volverse pura visión y contemplación, pura Sabiduría, en Beatrice. Me basta haber recordado aquí cómo en el simbolismo de San Agustín el amor por la Sabiduría (Spes aeternae contemplationis) es pensado como amor por una mujer determinada e histórica que luego en Dante será la compañera de Beatrice.

E incluso fuera de la Divina Comedia y fuera de la poesía de amor dantesca se encuentra perfectamente este recuerdo del amor de Lía y de Raquel.

Boccaccio escribe:

Amor vol fede e con lui son legate

Speranza con timor e gelosia

E sempre con leanza humanitate.

Onde sovente per Rachele e Lia

Fa star suggetta l’anima servendo

Con dolce voglia e con la mente pia.[viii]

Esto únicamente para recordar que no es sólo Dante quien asemeja su fingido amor terreno al amor de Jacob por Raquel. Como Raquel es la mujer de “todo estudiante piadoso”, así Beatrice es la mujer del “Fiel de Amor” Dante (y ya vimos que él jamás dijo ser el único en conmoverse frente a ella), y así Vanna es la Raquel de Guido, Costanza es la Raquel de Francesco da Barberino, y así con el resto.


[i] De Cons. Evang., libro I, cap. 23, n.35. – Perez, Op. cit., p. 158.

[ii] Perez, Op. cit., p. 159.

[iii] Sermo XLIII De Verbis Isaiae, cap. 2 – Perez, Op. cit., p. 159, 160.

[iv] De Libero Arbitrio, libro II, cap. IX, n. 27.

[v] De Genesis ad Litteram, cap. XVI, n. 59-60. – Perez, Op, cit.,p. 160.

[vi] Inf. II, 76.

[vii] Soto il velame, cap. “La fonte prima”.

[viii] Rime, ediz. Massera, p. 31.

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Catálogo

 

Hace un tiempo recibimos el catálogo de libros publicados por Mircea A. Tamas, su mayor parte editada en inglés o rumano. Hoy lo compartimos con los lectores de este blog, en donde ya tradujimos algunos de sus artículos publicados en la revista digital ORIENS.  Tamas es uno de los autores contemporáneos más serios que conocemos que tratan de metafísica y del simbolismo del Centro. Nació en Rumania en 1949 y actualmente vive en Canadá. Se dedica a la enseñanza universitaria como profesor. A los 28 años conoció la obra de René Guénon gracias al Padre Avramescu, uno de los tres corresponsales rumanos de Guénon (los otros fueron Michel Vâlsan, director de Etudes Traditionnelles, y Vasile Lovinescu).  Desde entonces no sólo estudia la obra del metafísico francés, sino que también escribe mayormente acerca del simbolismo de Agartha y el centro del mundo.

  

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Lugi Valli y la Mujer-Sabiduría IV

 

Cuarta entrega del capítulo ”La ‘Mujer-Sabiduría’ antes y fuera del dolce stil novo”, del libro El lenguaje secreto de Dante y de los “fieles de amor” de Luigi Valli.

En esta parte se toca el tema de la “Sulamita” de Salomón, es decir, la figura de la mujer-sabiduría en la Biblia.

¡Buena lectura!

 

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3. La “Sabiduría” mística personificada en mujer en la Biblia

 

Además, antes de que la divina Sabiduría tomara los nombres de Ennoia o de Sofía y adquiriera forma de mujer en los complicados pensamientos de los gnósticos, la Sabiduría hipostatizada, platónicamente concebida como Ente, ¿no había tomado claramente figura de mujer y no había suscitado conmovedores cantos de amor en libros que se aceptaron como canónicos: los atribuidos a Salomón y especialmente la Sabiduría y el Cantar de los Cantares?

Sólo la increíble superficialidad de la crítica “positiva” puede hacer creer aún que un buen día Dante Alighieri haya hecho la genial invención de representar en la mujer que él amaba, esposa de un vecino suyo, a la Sabiduría santa, mientras que la Sabiduría santa ya tenía forma de mujer amada desde hacía siglos en la filosofía y en la religión y de la cual estaban llenas incluso las páginas de la Biblia!

La Sabiduría de Salomón y la amada del Cantar de los Cantares son descritas con muchos de los rasgos propios con los que se describirá después en la Vida Nueva la Beatrice de Dante. El autor de la Sabiduría dice haberla amado desde pequeño, haberla querido como esposa, haber estado enamorado de su aspecto cuando era puer ingeniosus y animam bonam.

“Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza…Decidí, pues, tomarla por compañera de mi vida, sabiendo que me sería una consejera para el bien y un aliento en las preocupaciones y penas…No causa amargura su compañía ni tristeza la convivencia con ella, sino satisfacción y alegría…[1] Era yo un muchacho de buen natural, me cupo en suerte un alma buena”[2].

¿Y cómo es descrita esta Sabiduría? Justamente como mujer que camina por la calle igual a como caminaba Beatrice: “Radiante e inmarcesible es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan[3]. Pues ella misma va por todas partes buscando a los que son dignos de ella; se les muestra benévola (Mostrasi sì piacente a chi la mira!*) en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos”[4].

Pero ¿no se siente el eco lejano, más que evidente, de la famosa exaltación: “Tan noble y tan honesta parece mi dama…”? ¿Y no se lee el mismo apelativo que Dante da a Beatrice “O isplendor di viva luce eterna[5] en el atributo que le da este libro de “candor lucis aeternae[6]? ¿Y no se advierte la unidad perfecta de estas dos mujeres en el grito con el que la mujer del poeta es invocada en el Paraíso terrestre: “Veni sponsa de Libano[7]? ¿Y no es justamente el Cantar de los Cantares el que la invoca también bajo la forma de uno de los “veinticuatro ancianos” que son los libros del Antiguo Testamento? ¿Y no es Salomón, supuesto autor de estos libros, al que Dante exalta como aquél que estaba más próximo a la Sabiduría (“A veder tanto non surse il secondo”[8])?

La mujer del Cantar de los Cantares tiene rasgos personales bien característicos, sus encantos son enumerados y analizados de forma muy minuciosa y realista, su pasionalidad femenina es evidentemente mucho más viva de la de las evanescentes mujeres del dolce stil novo; la búsqueda que hace de ella el amante es mucho más apasionada y sensual de la que Dante o Cino hacen de sus mujeres; pero todos saben que la mujer del Cantar de los Cantares es simplemente el símbolo de la Sabiduría santa y la interpretación que da la Iglesia no se aleja sustancialmente de esta, porque la Iglesia es justamente Aquella en la cual la Sabiduría santa que ve a Dios se personaliza y vive.

Que los críticos “positivos” que quieran citar las pocas frases esparcidas aquí y allá en la poesía del dolce stil novo donde parece que brillara un rayo de verdadero amor, reflexionen mejor si no quieren extraer conclusiones superficiales de las partes en donde brilla verdadera sensualidad en el Cantar de los Cantares, reflexionen en todas las partes en donde la mujer es exaltada de manera tan dulce y que representa ideas místicas, reflexionen en el dulce sueño de la jovencita entre las flores, en las expresiones acaloradas y agitadas que hacen palidecer cada palabra de amor de los poetas del dolce stil novo. Y sin embargo esa no es mujer y ese amor es místico y todo es figuración, símbolo, jerga amatoria, y se reconoce como jerga amatoria porque lo dice la tradición, la misma tradición que ha puesto este libro entre los libros sagrados del Antiguo Testamento.

Si esta tradición no existiera, estoy seguro de que los críticos “positivos”, leyendo el Cantar de los Cantares buscarían con su método “positivo” nombre, apellido, año de nacimiento y paternidad… ¡de la Esposa del Cantar!

Ahora bien, con respecto al dolce stil novo la tradición fue opacada por el temor de quien sabía y por el hecho de que a continuación la ola de la verdadera lírica de amor se sobrepuso a la poesía mística, cuando la llama del espíritu místico se atenuó o desapareció. Existía y la rastrearemos.

Se debe insistir un poco, sin embargo, en el proceso por el cual la Sabiduría divina celebrada en el Cantar de los Cantares (pensamiento de origen platónico) fue interpretada por la Iglesia como la Iglesia misma.

Mientras que el famoso personaje de la Mujer-Sabiduría adquiría tanta importancia entre los gnósticos y en el misticismo oculto que por antigua tradición reconoció a Salomón, el místico amante de esta mujer, como su fundador y cabeza, y la figura de esta Mujer-Sabiduría se encontraba en las imágenes no ortodoxas de Sofía y Ennoia, la Iglesia con una de sus habilísimas apropiaciones declaraba que la mujer del Cantar era precisamente la Iglesia. Y, como dije, no se apartaba de la verosimilitud. Evidentemente si la Iglesia era iluminada por Dios y poseía la revelación, se convertía en la depositaria de la Sabiduría santa que ve a Dios. Ella, con su doctrina, se convertía en verdadera mediadora entre el intelecto y Dios, identificándose con la divina Sabiduría. La Sabiduría divina por ser el vehículo directo entre Dios y el intelecto posible del individuo, tomaba el nombre de Revelación.

La Revelación histórico-colectiva entregada a la Iglesia, sustituyendo a la Inteligencia activa que en la filosofía pagana se puede considerar como una revelación individual de las verdades eternas (las ideas), en cierto modo heredaba de ella no sólo la función, sino también la imagen mística y poética, de la que había hecho una mujer.

Así mientras que de una parte, en Oriente, la misteriosa Mujer-Sabiduríase multiplicaba en las variadas figuras de la Gnosis y finalmente reaparecía en la misteriosa “Rosa” cantada por los poetas de Oriente, y se confundía con la mujer simbólica de los sufíes, objeto de la pasión poética de los “Fieles de Amor” de Persia, en el caso de la Iglesia católica asumía con perfecta lógica las características, la figura, el nombre de la Iglesia reveladora.

En los “Fieles de Amor” de Occidente confluyeron ambas tradiciones y la mujer mística reaparece.

¿Quién era? Al principio tenía un nombre vago, convencional: “Rosa”, “Flor”; luego tomó otros nombres, revelando a veces rasgos prevalentemente filosóficos y el carácter de Inteligencia activa, otras veces mostrándose como Sabiduría mística, esencia de la revelación católica, Sabiduría llevada a la tierra por Cristo y entregada a su Iglesia.

Pero mientras tanto sucedió algo terrible: un hecho que pesa como una pesadilla invencible sobre toda la conciencia del Medioevo: la Iglesia se había corrompido. El vaso destinado a llevar la Sabiduría santa, la santa Revelación, se había convertido en receptáculo de corrupción, había sido quebrado por el demonio (“El vaso que la serpiente rompió”, dirá Dante en el último canto del Purgatorio). Ahora bien, ¿se destruyó por esto la divina Sabiduría? ¿Tal vez por esta razón se les niega para siempre a todos la posibilidad de conocerla, de amarla, de buscarla con pureza de corazón y con ardor de espíritu? No, respondía la conciencia religiosa de los hombres. Las almas nobles y fervientes de espíritu religioso la buscan bajo el velo de los símbolos, le dan el nombre de “Rosa” o de “Flor”, continúan dándole el nombre, la figura de una mujer amada. Rodeado por la desconfianza de la Iglesia, a la cual él en su interior no reconoce por ahora la dignidad de hablar en nombre de la Sabiduría santa que él ama, cada fiel le da un nombre diferente y habla de ella entre la “gente grossa” y bajo los ojos de los inquisidores como de una mujer amada.

Así los fieles concilian su fe en la santa Revelacióncatólica con la certeza de que la Iglesia carnal corrupta ya no habla más en nombre de la santa Revelación de la divina Sabiduría y, como ya dije, bajo el velo del extraño simbolismo del amor, apelan a la Sabiduría incorruptible de la Iglesia contra la Iglesia misma que se corrompió, contra la Iglesia carnal que, ocupada en ir tras los bienes mundanos, ya se olvidó de ella y que por el contrario la esconde o la persigue en la palabra de los disidentes, que se sienten sus verdaderos seguidores, los verdaderos fieles de la Sabiduría santa.

 

 (Continuará)

 


[1] Sabiduría, VIII, 2-16.

[2] Sabiduría, VIII, 19.

[3] Sabiduría, VI, 13.

* Verso perteneciente al soneto “Tanto gentile e tanto onesta pare” de Dante, incluido en la Vita Nova, cosa que señala enseguida el autor (N. del T.)

[4] Sabiduría, VI, 17.

[5] Purg., XXXI, 139.

[6] Sabiduría, VII, 26.

[7] Purg., XXX, 11.

[8] Par., X, 114.

 

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